Esta casa autobiográfica tiene tres pisos y un sótano. Están conectados entre sí y tienen pasadizos que los comunican. Tiene puertas, pasillos, escaleras y ventanas que dan a la calle, a los otros mundos, lugares y países en que vivió el autor.
El sótano corresponde a los espacios del prólogo por Malva Flores (“La escritura de un Diario”), la edición, transcripción, anotación, investigación bibliográfica y hemerográfica de debe al equipo mencionado, con fotos de Paulina Lavista de Rossi y de Ana Medina para M. Flores.
Lo primero que llama la atención es el hecho mismo de que el autor haya elegido esa forma -el Diario- y, dentro de ella, la construcción de una identidad lo más fiel posible a su pensamiento, su oralidad y sus experiencias privadas y públicas, académicas, políticas, familiares…
íntimas y, desde luego, a su literatura, tanto la escrita como la leída y absorbida en las conversaciones. Pasan las sombras y ecos de Jorge Luis Borges, José Bianco, Adolfo Bioy Casares, Octavio Paz, José Gaos, José Ortega y Gasset, Juan García Ponce, …
Jaime García Terrés, Julieta Campos, Salvador Elizondo, Álvaro Mutis, Gabriel Zaid, Enrique Krauze, Rafael Segovia, Luis y Juan Villoro. A esos deben seguir los de otros actores de la política como Fernando Pérez Correa, Manuel Bartlett, Jorge Carpizo, Guillermo Soberón, etc.
La UNAM, el Instituto de Investigaciones Filosóficas, el Fondo de Cultura Económica, El Colegio de México, Notimex, la Secretaría de Gobernación, las embajadas de España, Venezuela son los lugares en que se desarrolla la acción observada; la acción y las formas en que funcionan.
El ejercicio de recreación o de salvación a que se entrega el autor tiene que ver con la vida cotidiana que rodea a sus letras, las dificultades para escribir y concentrarse. Una idea fija mueve al autor: la escritura, la literatura, la vida literaria, la república de las letras.
El Diario debe ser leído a la luz y a la sombra de la obra excepcional del autor. Su publicación ha de ser considerada como un acontecimiento no sólo en el ámbito de las letras mexicanas sino hispanoamericanas e hispánicas…
Va dedicado “A mis hijos Luisa, Lorenzo, Ingrid y Esteban. Estas palabras solitarias que se encienden si ustedes las oyen”. Sin la tutela de Olbeth Hansberg, a quien se debe la iniciativa final de esta edición, ésta no podría concebirse. Su presencia es ubicua.
Hay tres lecciones que se desprenden de sus páginas: las del amor y sus variedades filiales, familiares y sentimentales, la de la amistad y la voluntad de pensar en términos formales y lingüísticos el hecho literario tanto como los hechos políticos y civiles.
De ahí que el Diario deba ser visto como un laboratorio donde se exponen los procedimientos de la operación literaria, y como una mesa de operaciones, casi un quirófano donde se tocan las experiencias de la enfermedad y de la muerte, propia y ajena…
por ejemplo, las de la madre o el padre del autor, para no hablar de la conciencia aguda del ser que se sabe condenado a morir. De ahí que no sólo deba ser leído en términos literarios.
Tiene el Diario una carga ética que hace de cada letra y de cada entrada de su calendario vivido una lección. Ha de ser leído como un testamento. Ser dignos de su herencia es la exigencia que impone su lectura. No puedo dejar de señalar que su lectura me ha estremecido.