Exhalando de su pecho un jadeo de agonía el rey Eteocles oyó a su madre y, mientras posaba sobre ella su mano desfallecida, no exhaló palabra, pero le habló con las lágrimas de sus ojos para expresarle su cariño.
Somos todos reptiles, criaturas miserables y pecadoras. Sólamente la piedad puede diferenciarnos del polvo del cual surgimos y al cual irremisiblemente tenemos que volver.