Hay momentos en los que lo único que importa es sentirse a salvo.
Este perrito ya aprendió lo que significa una alarma. Cuando la sirena suena, corre a esconderse detrás de una pared, bajo un vehículo o en cualquier rincón donde se sienta protegido. No entiende de conflictos ni de fronteras. Solo sabe que ese sonido anuncia peligro.
En varias zonas del Medio Oriente, las alertas forman parte de la rutina. Familias enteras buscan refugio en segundos, intentando proteger a quienes aman.
Ese perrito vive esa misma realidad. Su reacción no es distinta a la nuestra: cuando hay amenaza, todos buscamos lo mismo.
Seguridad. Silencio. Un lugar donde resistir hasta que pase el miedo.
Me llega el caso del Dr. José Alberto Villegas Jiménez y quiero contarlo bien, porque no es un caso simple y tampoco es normal.
José Alberto es médico anestesiólogo.
En 2023 participó en una cirugía capilar en la que ocurrió una complicación médica grave.
Esto es clave decirlo desde el inicio:
👉 no fue un hecho intencional,
👉 no fue un ataque,
👉 no fue un delito premeditado.
Aun así, el médico fue detenido el 8 de junio de 2023.
Hoy lleva más de dos años y medio privado de libertad, sin sentencia firme, en un proceso que, según la propia ley venezolana, debía llevarse en libertad mientras se investiga, por tratarse de delitos que no ameritan prisión preventiva.
¿Por qué este caso no se ha tratado como cualquier otro?
Porque la persona afectada por la cirugía es familiar directo de Elvis Amoroso, una figura clave del chavismo, con enorme peso político e institucional.
Cuando un caso toca a alguien del poder, la justicia deja de funcionar de forma normal. Y este proceso es un ejemplo claro de eso.
Durante ocho meses, el caso estuvo prácticamente paralizado.
Ocho meses de espera.
Ocho meses preso.
Finalmente se dio apertura a juicio, pero ocurrió algo más:
👉 cambiaron al juez del caso,
👉 y el proceso prácticamente volvió a empezar.
El Dr. Villegas tuvo que presentar nuevamente todo, como si el tiempo detenido no contara, como si no llevara ya más de dos años preso sin condena.
En la última audiencia, el juez hizo una propuesta:
una reducción del 33% de la pena si José Alberto aceptaba los hechos y asumía lo que se le imputa.
Él no aceptó.
No aceptó porque eso implicaba declararse culpable de algo que sostiene no haber cometido, en un caso que él y su defensa consideran una complicación médica, no un delito penal.
Hoy el caso tiene nueva audiencia fijada para el 12 de febrero.
Y aquí está el punto de fondo:
José Alberto ya ha pasado más de 30 meses preso, un tiempo que incluso alcanza el mínimo de la pena que se contempla para uno de los delitos imputados, sin que exista sentencia.
Eso no es justicia.
Eso es pena anticipada.
Este no es un caso de militancia política.
Es un caso de uso del sistema judicial cuando el poder está involucrado.
Cuando la cárcel se usa como presión.
Cuando se negocia la libertad a cambio de aceptar culpas.
Cuando la ley se aplica distinto según el apellido.
Hablar de esto es necesario.
Debido proceso. Revisión urgente del caso. Justicia para quien hoy está pagando sin haber sido condenado.
Una mujer bella, trabajadora, independiente y soltera conoce a un hombre. Después de varias invitaciones a comer, a pasear, etcétera, decide dar un paso más. Viven distanciados pero se ven con frecuencia. La cosa promete.
Un día, ella llega de trabajar, se pone a cocinar y atiende además a una amiga que fue a visitarla. Él le escribe y ella le comenta que está ocupada en ese momento pero que más tarde hablan.
Despide a su amiga, recoge la cocina y cuando agarra el teléfono se encuentra con dos llamadas pérdidas de él, quien con evidente molestia le dice que estaba intentando comunicarse por “última vez” porque sino, ya no la llamaría más.
Ella se inquieta y vuelve a explicarle que estaba ocupada y que ya se lo había dicho. Él le hace una videollamada y le pregunta si está sola.
Ella le dice que no, que su madre está en casa, entonces él le dice que -como están en videollamada- camine hacia el cuarto donde está su madre y le muestre que es cierto que está con ella.
Ella se niega. No porque sea mentira que su madre está en el lugar sino porque le parece una falta de respeto que desconfíe de ella aunque nunca le ha dado motivos. Le explica además que no está de acuerdo con su actitud y que mejor es que no se vuelvan a ver y dejen las cosas hasta ahí.
Minutos después, el le escribe y le dice que ella tiene como “tranquilizarlo” en sus manos pero decidió no hacerlo porque no le interesa estar con él. Esa tranquilidad significa que ella debe demostrarle que en efecto su madre está en su casa.
Ella no cae en su manipulación. Se despide.
Cuando me cuenta me dice: Por eso es que prefiero estar sola. A mi nadie me va a venir a quitar mi paz ni a hacerme sentir que estoy haciendo algo mal cuando no es así.
Me sentí orgullosa de escucharla.
Sepan identificar las banderas rojas desde el minuto uno y aléjense de esos traumas que no son suyos.