Hago empanadas cuando estoy feliz, hago empanadas cuando estoy triste,
hago empanadas para compartir y también solo para mi,
hago #empanadas para hacer recuerdos y hago empanadas para recordar,
hago empanadas uniendo mis manos como si fueran #plegarias sin contestar,
@DaniNovarama Veo tu canal siempre y me encanta he aprendido un montón, me dio mucha emoción saber que estabas en LA yo vivo a un par de horas de allí. Gracias por enseñarnos tanto de una manera tan didáctica y divertida.
Donde el silencio también habla en español
Y si muero, que sea en Venezuela
Me fui con una promesa que me hice a mi misma la de volver a nacer.
Cruzando cielos ajenos,
pisando tierras prestadas,
arrastrando un corazón que aún hablaba en español.
Allá dejé mis gatos como guardianes de la memoria,
mi casa como un castillo de techos humildes,
mis amigos de cafés largos y silencios compartidos,
mi lengua, la única que sabe decir mamá sin quebrarse.
Aquí,
el pan abunda, se compra,
pero no se comparte.
El sol calienta,
pero no abraza.
La familia se nombra,
pero no llega.
Y yo,
desnuda de todo lo que me hacía ser,
camino entre días idénticos
como quien espera que alguien se siente un rato a conversar.
He perdido las alajas que colgaban de mi corazón,
la olla que hervía como tambor de fiesta,
las manos que sabían escribir,
las especies que ponía a cantar.
He extraviado incluso la voz con que solía rezar.
Y en medio del intento de renacer,
la vida me ha dado sepultura.
Hoy no quiero más que dormirme sin ruido,
como se duerme la sabana cuando nadie la mira.
Pero si cierro los ojos del alma —si me rindo del todo—
que no sea lejos de mi tierra.
Que me aniden bajo la sombra del Ávila,
donde la lluvia cae con sabor a mango y a semeruco.
Que mi tristeza se disuelva en el Orinoco,
que mis despojos sirvan de alimento a las raíces de un araguaney.
Pero que no me lloren las madres que ya han llorado mil veces.
Que me abrace el lamento de un turpial.
Que me recen las mujeres que rezan sin fe.
Porque solo allá,
en la soledad infinita de mi Venezuela,
el dolor es idioma,
y el silencio,
poesía.
M. Orta
Raíz de agua y fuego
A la madre venezolana
Hay mujeres que nacen tierra:
con el alma hecha de barro fértil y luz de infancia.
Mujeres que huelen a papelón caliente y a café que resiste la tristeza.
Que paren hijos como el Cerro El Ávila pare orquídeas:
con silencio, con savia, con amor sin nombre.
No dicen que son madres.
Se les ve en los ojos, donde aún caben los suyos;
en la mano que cura sin exigir; en la espalda que carga sin quebrarse como las cañas de azúcar cascadas por el viento de los Valles del Tuy.
Madres que han criado entre apagones con cantos, entre la ausencia de la arepa y la abundancia del alma.
Han hecho hogar con brasas encendidas
en un país que no olvida su fuego tricolor aún dormido.
Frente al budare han aprendido a decidir sin recetas, a medir la vida sin balanza, a enseñar sin libros, a amar sin descanso.
Creen en la sabiduría que nace del afecto, en el tiempo que enseña sin prisa, en el gesto pequeño que transforma.
El caldero cubierto del tizne negro de su historia que es la esperanza de su casa, la que
ha sido su escudo y su altar.
Allí cocinan la memoria, nutren el alma y cultivan la ternura que no se enfría.
Florecen como cayenas abiertas al mediodía, como trinitarias que resisten el polvo y el sol, como araguaneyes que brotan en la sequía para recordarnos que la belleza también es fortaleza.
Son el canto del turpial al amanecer, el color de la guacamaya tricolor sobre el cielo de Caracas, los techos rojos donde aún vive la infancia, y el Ávila inmenso, que todo lo abraza en su azul protector.
Pero también son mar.
Mar Caribe de instinto y furia amorosa,
de sal, de hondura, de horizonte.
Madres con alma de ola que no retrocede del todo, que arrulla y arrasa, que limpia y reconstruye.
Guardan la fuerza del agua y la memoria del viento.
Han sembrado en tierra firme y en tierra ajena,
pero su raíz no se pierde.
Va con ellas:
en el canto, en la cocina,
en los hijos que miran hacia atrás y aún la buscan.
Porque siempre habrá un niño que aunque crecido va corriendo hacia los brazos de su madre, como quien regresa al único lugar donde todo sigue siendo amor.
Ella permanece.
Raíz intacta.
Tierra viva.
Llama que bendice.
Porque el amor de madre, como el río Orinoco que
no se detiene.
Y como el Salto Ángel, nace de lo más alto
y cae con fuerza hasta tocar lo más hondo.
Ella es la patria íntima.
La que no se exilia.
La que no se olvida.
La que arde y florece en nombre del amor.
Y en cada rincón del alma , cuando ya todo calla,
queda su arrullo:
ese murmullo tibio que lo cura todo,
incluso el silencio.
Meyling Orta
Título de la obra:
Raíz de agua y fuego — A la madre venezolana
@usembassyve Muchas gracias por la oportunidad del programa como una vía segura para reencontrarnos con la familia y cambiar nuestro futuro.
Estamos esperanzados, esperando desde 2022.