Su cuerpo temblaba cual hoja de papel cuando él se aproximaba. Esas manos la quemaban con el simple roce, su respiración agitada pedía en un grito sordo "no te detengas"
Él sabía leer cada señal de su cuerpo y esos latidos que delataban el deseo y la lujuria que lo llamaban.
Él comenzó lentamente a bajar el cierre de su vestido.
Con voz firme pregunto.
Quieres que pare??
Ella guardo silencio, mientras temblaba como hoja.
Y esa fue toda la respuesta que él necesitaba.
Lo hizo esperar.
No por duda, sino porque disfrutaba viendo cómo a él le crecía esa impaciencia de tenerla, de sentirla y eso a ella la excitaba demasiado.
Cuando finalmente se acercó, sonrió..
Sabia que esa espera tendría consecuencias que disfrutaría.
Las puertas del ascensor se cerraron y quedaron solos.
Ninguno se movió.
Ninguno habló.
Pero en aquellos pocos pisos hubo miradas capaces de desvestir más que cualquier mano.
Ella dejó la copa sobre la mesa y se acercó sin apartar los ojos de él.
- Dime si me deseas- susurró.
Él no respondió.
Pero la forma en que la miraba ya había confesado demasiado.
Me gusta esa distancia exacta en la que todavía no me tocas… pero ya te siento.
Hay algo peligroso en eso, no es la cercanía, sino ese deseo de querer que tu cuerpo se funda con el mío.
Él apenas la había rosado y, sin embargo, ella ya sentía el pulso acelerado. Su cuerpo se fue preparando como vaticinando lo que se aproximaba. Su piel erizada, sus labios ávidos de deseo acallado y esa apremiante necesidad. Hay caricias que te desordenan antes del primer roce.
Él sabía perfectamente qué provocaba cuando la miraba de esa manera. Lo que no esperaba era descubrir que ella estaba disfrutando demasiado de sentirse deseada.
No necesitó pedirle que se acercara. Bastó una mirada, una respiración demasiado cerca y esa sensación deliciosa de saber que ninguno de los dos quería retroceder.
Él la desvistió sin prisa, como quien conoce el valor de cada pausa.
Sus manos no buscaban apuro,
buscaban incendiarla lentamente.
Y ella, con los ojos cerrados y el pulso rendido, comprendió que hay placeres que merecen tomarse el tiempo de arder.
Ella le pidió que no se detuviera, con palabras ahogadas entre los gemidos de placer.
Él obedeció a su manera, con su boca, con sus manos, con ese talento perverso de llevarla al límite, justo antes de hacerla gritar su nombre.
Sus labios le hicieron arquear la espalda, robándole el aliento.
Su cuerpo terminó entregándose
como si hubiera pasado la vida entera esperando ese momento.
Él acercó la boca a su cuello
y el mundo perdió importancia.
Después vinieron las manos,
la respiración compartida,
el temblor delicado de su cuerpo cediendo.
Hay encuentros que no necesitan prisa; les basta el arte de saber exactamente cómo hacer que alguien se rinda.
Su boca bajó despacio por su cuello y luego por su vientre, hasta arrancarle un gemido que ya no pudo disimular.
Él sabía dónde tocarla, cómo encenderla y hacerla humedecer de deseo. Lograba que ella le pidiera más, aún con las piernas temblando y la respiración entrecortada.
Apenas le respiraba cerca del cuello..
y aun así ella ya estaba temblando como si la hubiera recorrido por completo con su labios.
Fue entonces cuando lo comprendió..
Hay hombres que tocan la piel y luego está él,que tiene el peligroso don de hacerla vibrar sin siquiera besarla.
Él la besó con un hambre voraz.
Sus manos bajaron lentamente por su espalda, se aferraron a sus muslos y la hicieron arder por completo.
Cuando la apretó contra su cuerpo, ella no sabía si temblaba de miedo o de ganas de que la hiciera suya.
Y con voz temblorosa le dijo "tómame"
Ella acarició su cuerpo apenas cerró sus ojos imaginándolo.
No hizo falta tenerlo ahí.
Su voz, sus letras la recorrian como una extensión de sus manos.
Su cuerpo respondió con esa urgencia que solo provoca el deseo, cuando ya no quiere esconderse.
Ambos sabían que jugar con fuego, trae el riesgo de quemarse.
En su mente ella se repetía "no debo acercarme". Él sabía exactamente lo mismo y aun así ninguno de los dos retrocedieron.
Solo se entregaron a ese placer desenfrenado que los invitaba a romper las reglas.
Ella intentó sostener la calma.
Pero hay manos que al tocar la piel encienden el deseo. Incitan los latidos y hacen que ese torrente se desborde entre las piernas.
Su cuerpo temblaba cual hoja de papel cuando él se aproximaba. Esas manos la quemaban con el simple roce, su respiración agitada pedía en un grito sordo "no te detengas"
Él sabía leer cada señal de su cuerpo y esos latidos que delataban el deseo y la lujuria que lo llamaban.
Bastó que acercara la boca a su cuello. Ni siquiera llegó a besarla.
Pero esa accion era un vaticinio de lo que aconteceria posteriormente.
Ella sabia que con él, esas promesas comenzaban antes de tocar la piel.