El juego más mexicano del mundo no es mexicano. El origen se remonta a Italia, aproximadamente en 1400. En aquel entonces, el juego se llamaba lotto y consistía en sacar números de un total, cada número asociado con una imagen. Fue llevado a Nueva España en 1769 donde, por un tiempo, se jugó casi exclusivamente por las clases altas de la colonia. Un entretenimiento de salón para los criollos ricos que querían sentirse europeos. Lo que lo sacó de los salones y lo metió en las ferias y las plazas fue la guerra. Fue durante la Guerra de Independencia de México que la lotería se convirtió en un pasatiempo cotidiano entre los soldados. Los soldados que sobrevivieron la guerra volvieron a sus pueblos cargando el juego como se carga cualquier costumbre de campaña, y la lotería se extendió por todo México antes de que nadie pudiera planear nada. El juego se convirtió en un elemento común de las ferias ambulantes y las botillerías, donde se realizaban apuestas y otras actividades no bien vistas por el gobierno novohispano. Es en esta época donde el juego gana un componente de tradición oral importante: con el fin de hacerlo más llamativo, aquellos que organizan los juegos empiezan a inventar coplas alrededor de las distintas figuras. Así nació el gritón, el personaje que canta las cartas con versos que el manual no establece y el ingenio personal inventa. El gallo, el diablito, la sirena, el catrín: cada imagen con su verso, cada verso con su doble sentido. Lo que nadie sabe es que las imágenes icónicas que hoy todo el mundo reconoce como profundamente mexicanas las diseñó un empresario francés. Las cartas de la lotería mexicana que hoy son ampliamente reconocidas deben gran parte de su diseño icónico al empresario francés Clemente Jacques, quien en 1887 reimprimió el juego con imágenes que reflejan la tradición mexicana. Clemente Jacques utilizó las imágenes coloridas plasmadas en las cartas como inspiración para decorar las latas de sus pimientos y frutas confitadas, lo cual disparó la popularidad del juego. Las imágenes más mexicanas de la cultura popular mexicana las dibujó un francés para vender conservas. José Guadalupe Posada también hizo su versión con personajes propios. El gritón siguió inventando versos. México adoptó todo sin preguntar de dónde venía, que es exactamente cómo funciona la identidad cultural cuando funciona bien.
Cuando los frailes franciscanos llegaron a evangelizar el centro de México en el siglo XVI y encontraron que los pueblos nahuas tenían una devoción irrenunciable a Tlaloc, el dios de la lluvia, el agua y la fertilidad, tomaron una decisión práctica: no destruir el culto sino reemplazar la figura. El candidato perfecto era San Juan Bautista, el hombre que según el evangelio metía los pies en el río Jordán y bautizaba con agua, cuya festividad la Iglesia celebraba el 24 de junio, tres días después del solsticio de verano, exactamente cuando en el altiplano mexicano comienza o debería comenzar la temporada de lluvias. El agua, el río, la lluvia, la fecha: todo coincidía con una precisión que los misioneros interpretaron como providencial y los pueblos indígenas interpretaron como confirmación de que Tlaloc y el santo del río eran, en el fondo, el mismo ser con nombres distintos. El sincretismo funcionó en los dos sentidos: los frailes creían que evangelizaban y los indígenas creían que conservaban a su dios. Hoy San Juan Bautista es patrono de cientos de pueblos mexicanos ubicados exactamente donde existían sitios sagrados dedicados al agua y a Tlaloc. Los rituales de petición de lluvia que se hacen el 24 de junio en comunidades de Guerrero, Puebla, Veracruz e Hidalgo son, en su estructura profunda, los mismos rituales que se hacían antes de que llegara ningún español. Tlaloc nunca desapareció. Solo cambió de nombre.