El primer paso para acompañar a un niño en el manejo de su agresividad, es detener la propia y, si no sabes cómo hacerlo o no puedes detener la violencia que sale de ti, encontrar ayuda.
Darle un golpe a un niño esperando que 'aprenda' es como regar una planta con veneno creyendo que dará flores. El aprendizaje no florece donde crece el miedo.
Las acciones que nos permitimos influyen profundamente en el trato que recibimos. Si bien elegir la amabilidad y el respeto no garantiza que nos correspondan de igual forma, sí ayuda a crear un entorno en el que es más probable que florezcan relaciones sanas y constructivas.
Si te permites ser agresivo con otro (hijo, pareja, hermano, amigo, etc) no pretendas recibir de vuelta amabilidad y buen trato. Nuestras acciones, a menudo, determinan lo que recibimos.
¿Qué ven usualmente tus hijos en ti cuando los llevas a una celebración? ¿Ven a alguien que disfruta del momento sin comprometer su bienestar o a alguien que pierde el control de sus actos y palabras? Mostrarles que es posible celebrar sin necesidad de emborracharse es clave.
El respeto es una calle de doble sentido: lo que entregas, tiende a regresar por la misma ruta. Lidera con el ejemplo, y enseña a tus hijos qué significa ser tratado con dignidad y bondad.
Es más fácil repetir en nuestros hijos el dolor que sufrimos de niños que enfrentar el desafío de atender las heridas que lo causaron y aprender a hacerlo diferente, aunque eso implique equivocarse una y otra vez. Estás rompiendo ciclos, y eso no es fácil, pero es clave. ¡Ánimo!
Hablarle mal a un niño, de su papá o de su mamá, no es "decirle la verdad para que se de cuenta y no sufra", es enseñarle a odiar una parte de si mismo.
Algunos abuelos creen que es responsabilidad exclusiva de sus nietos y padres mantener el contacto. Las relaciones (TODAS) son un esfuerzo mutuo, una suma, un tejido a más de dos manos, una sociedad; es esencial el ánimo de todos los socios para estar juntos y construir vínculos.
A menudo, muchos adultos se resisten a aceptar su responsabilidad en los problemas con sus hijos y prefieren refugiarse en excusas, esperando pasivamente un cambio, sin reconocer que el cambio comienza en ellos mismos. Criar implica una introspección valiente y sincera.
Una lágrima escapa de sus ojos y, en lugar de acompañarle con respeto y validar sus emociones (una meta que te has propuesto muchas veces), terminas haciendo lo contrario. Pocas cosas son tan frustrantes. Ánimo, estás construyendo algo importante que quizá no recibiste de niño.
Decirle a un niño, “¡Porque lo digo yo y punto!”, es decirle, “No está bien cuestionar a quien se presenta como autoridad” y es la forma perfecta de introducirlo en la obediencia ciega, en hacer lo que otro dice sin ocuparse de las razones que habitan detrás de sus indicaciones.
Forzar a un niño a dejar de llorar es obligarle a guardar lágrimas y dolor en su interior, en lugar de liberarlos. Mala idea. Como dice @PieroCantautor: “Hay que sacarlo todo afuera, como la primavera, nadie quiere que adentro algo se muera”.
Pasar de una infancia en la que tus emociones eran ignoradas y castigadas a una adultez en la que se espera que confíes en ti mismo y pongas límites, puede ser un desafío abrumador. Recuerda ser amable contigo.
Si los abuelos nunca muestran interés en su nieto, ¿por qué se espera que el niño sí lo haga? Se necesita mucho más que compartir vínculos de sangre para tener una relación de conexión y amor con un niño.
Cuando nos desbordamos y recurrimos a la violencia durante los momentos desafiantes de la crianza, estamos enseñando a nuestros hijos, a través del ejemplo, que es aceptable sufrir violencia por parte de quienes dicen amarnos y descargar nuestra ira sobre los más vulnerables.
Criar a un hijo sin violencia no es optar por el camino fácil. De hecho, puede ser más difícil mantener una presencia tranquilizadora en medio de una rabieta que enfadarse y sumarse al caos, especialmente si no recibiste eso en tu infancia y tu entorno valora los gritos y golpes.