Claramente, no se mueve –ni piensa moverse– un ápice de su sitio. Se queda sentado mirando en silencio como si lo hubiera dejado sin palabras. ¿Pero qué mosca le había picado a ese chaval?
─── ¿Quién te crees que eres para decirme lo que tengo que hacer?
─────Sé más ingenioso al menos, anda.
Escupe cada palabra como si verdaderamente le hubiera ofendido cuando en realidad sólo había hecho acto de presencia. Estaba -precisamente- hablando con uno de sus distribuidores.
─────Fuera de mi vista, tengo trabajo que hacer.
No dice nada. Sus cejas se levantan con cierta impresión: no porque le ofenda, sino porque hace tanto tiempo que le hablan así que no se lo esperaba.
─── ¿Tú eres gilipollas?
No esperaba la presencia de Klaus, y la verdad es que ojalá no habérselo encontrado. Le observa de reojo durante no más de un segundo, volviendo la vista al móvil.
─────Y a ti qué coño te importa.
Con el móvil en una mano, la otra la usa para acercarse el cigarro a la boca y darle la última calada. Tira la colilla al suelo y estampa el zapato encima con más fuerza de la necesaria.
─────Vaya puta mierda.