Dicen que la estación de Amberes es una de las más hermosas del mundo, y basta llegar para comprender por qué.
En lugar de fotografiar su edificio central, esa construcción monumental que parece desafiar los límites de la belleza, preferí detenerme en algo mucho más cotidiano: el camino que recorremos al bajar del tren. Ese trayecto en el que, mientras avanzamos, los arcos se suceden, la luz atraviesa el hierro y el cristal, y las formas comienzan a apoderarse de nuestra mirada, hasta que, casi sin darnos cuenta, dejamos de caminar por una estación y entramos en un lugar donde la belleza termina por ocuparlo todo, incluso nuestros pensamientos.
Eso es lo extraordinario de llegar a Amberes en tren: que el asombro no nos espera inmóvil al final del recorrido, sino que viene hacia nosotros, que se aproxima con cada paso mientras convencidos de que solo estamos atravesando una estación, avanzamos sin saber que algo está a punto de romper nuestras expectativas, de interrumpir por un instante ese diálogo interminable que mantenemos con nosotros mismos, y que cuando finalmente levantemos la mirada hacia aquello que nos espera al fondo, ya no habrá mucho que pensar, ni nada que explicar, porque estaremos, sencillamente, frente a algo que nos dejará sin aliento.
Dicen que la estación de Amberes es una de las más hermosas del mundo, y basta llegar para comprender por qué.
En lugar de fotografiar su edificio central, esa construcción monumental que parece desafiar los límites de la belleza, preferí detenerme en algo mucho más cotidiano: el camino que recorremos al bajar del tren. Ese trayecto en el que, mientras avanzamos, los arcos se suceden, la luz atraviesa el hierro y el cristal, y las formas comienzan a apoderarse de nuestra mirada, hasta que, casi sin darnos cuenta, dejamos de caminar por una estación y entramos en un lugar donde la belleza termina por ocuparlo todo, incluso nuestros pensamientos.
Eso es lo extraordinario de llegar a Amberes en tren: que el asombro no nos espera inmóvil al final del recorrido, sino que viene hacia nosotros, que se aproxima con cada paso mientras convencidos de que solo estamos atravesando una estación, avanzamos sin saber que algo está a punto de romper nuestras expectativas, de interrumpir por un instante ese diálogo interminable que mantenemos con nosotros mismos, y que cuando finalmente levantemos la mirada hacia aquello que nos espera al fondo, ya no habrá mucho que pensar, ni nada que explicar, porque estaremos, sencillamente, frente a algo que nos dejará sin aliento.
Se empieza a sentir que se nos va el año.
Y se siente ya la nostalgia de lo que termina y la emoción de lo que viene.
Cerremos el año de la mejor manera posible. 😁