Hay quien dice que el bloqueo de Ormuz está levantado y hay quien dice que no. Llevamos semanas viendo imágenes de barcos ardiendo y, sin embargo, todo esto ya ha pasado antes. Y podemos aprender cómo leer el presente a partir de ello. ¡Tira del hilo!🧵👇
El mundial del país imaginario
Cada cuatro años, Uruguay se mira a.sí mismo a través de una camiseta. La nación deposita sobre once futbolistas una responsabilidad absurda: demostrar que sigue siendo aquello que imagina haber sido. Y entonces llega el Mundial.
Las expectativas son colosales. Desproporcionadas. No nacen del análisis del presente, sino de la nostalgia. Se habla de historia, de tradición, de carácter, de una supuesta esencia nacional que garantizaría resultados por decreto. Como si los trofeos obtenidos por hombres muertos o jubilados pudieran marcar goles en el siglo XXI.
Pero la selección entra al campo y ocurre algo incómodo: aparece la realidad. Los rivales mediocres corren más, arriesgan más, innovan más. Parecen pertenecer a países que todavía creen en el futuro. Mientras tanto, los nuestros juegan como juega la nación entera: al empate, esa vieja religión nacional, se traslada del Parlamento al césped.
Y cuando el equipo fracasa, cuando queda eliminado de manera gris, sin épica y sin tragedia, surge la indignación colectiva. Los mismos que habían construido expectativas delirantes denuncian la decepción. Los mismos que confundieron deseo con realidad buscan culpables. Nadie formula la pregunta esencial.
¿Por qué una sociedad acostumbrada a administrar su decadencia espera producir excelencia de manera automática?
La selección no es la causa del problema. Es su radiografía más honesta. Porque juega exactamente como vive el país este país envejecido, que sigue hablando de sus viejas hazañas como un coronel retirado que menciona cada noche las mismas batallas. Un país que ha convertido la nostalgia en política pública y la autocomplacencia en patrimonio cultural. Un país que se resiste a admitir que hace mucho tiempo dejó de competir contra los mejores para empezar a compararse consigo mismo.
La paradoja es extraordinaria. Cuanto más se deteriora la realidad, más grandiosas se vuelven las expectativas. Como si la imaginación colectiva intentara compensar aquello que la experiencia ya no puede sostener. Se exige una selección campeona desde una estructura social que castiga el riesgo, sospecha del talento y celebra la mediocridad equilibrada.
Porque el problema nunca fue futbolístico. El problema es cultural. Durante décadas se ha enseñado que el éxito es sospechoso, que destacar genera desconfianza y que toda diferencia merece corrección. Se ha construido una moral del empate donde la derrota resulta tolerable y la victoria excepcional casi incómoda. Nadie quiere fracasar, pero tampoco se acepta el precio de triunfar.
Por eso la selección juega con miedo. Porque representa a una sociedad que también lo tiene. Miedo al conflicto. Miedo a la competencia. Miedo a reconocer que el mundo no concede privilegios sentimentales ni respeta relatos históricos. Los goles se marcan en el presente. La riqueza se crea en el presente. La cultura se produce en el presente. La historia puede inspirar, pero no sustituye al esfuerzo.
Sin embargo, cada eliminación produce la misma ceremonia. Se buscan traidores, incompetentes, conspiraciones o malas suertes. Cualquier explicación sirve con tal de evitar la única verdaderamente dolorosa: que tal vez el equipo juega exactamente al nivel del país que lo produce.
Y eso es lo insoportable.
Porque obliga a admitir que la pobreza más profunda no es la económica. Es la pobreza de ambición. La renuncia silenciosa a la excelencia. La convicción secreta de que alcanzar la grandeza es improbable, pero fingir que aún nos pertenece resulta indispensable.
Entonces termina el Mundial. La selección vuelve a casa. Los aficionados regresan a sus rutinas. Y el país continúa avanzando lentamente hacia ninguna parte, aferrado a sus recuerdos, celebrando empates y esperando que la próxima vez, de alguna manera milagrosa, la realidad decida comportarse como la nostalgia.
@aschapire Desde que la realidad objetiva "no existe" sólo queda el lenguaje y su producto el discurso.
Conclusión lógica de una epistemología equivocada
@MalvinasData Está temporada el calamar se mantuvo dentro de nuestra ZEE y no hacia el Este como es habitual. En mayo conté no menos de 30 poteros esperando la entrada al puerto de Mar del Plata. Me imagino los puertos patagónicos
He criticado al wokismo desde hace tiempo y sigo haciéndolo. Mucha gente todavía lo ve como algo exagerado o como un conjunto de ideas un poco raras pero inofensivas. Creen que son solo modas pasajeras o errores de interpretación y que no hay que darle mucha importancia. Pero las ideas tienen consecuencias reales.
Todo lo que ha pasado con las bandas de pakistaníes que abusaron de miles de niñas en Reino Unido durante años es, en gran parte, una consecuencia directa del wokismo. Esta ideología divide el mundo en opresores y oprimidos, y en ese esquema los musulmanes (sobre todo los de origen pakistaní) entran automáticamente en la categoría de víctimas del colonialismo y del racismo occidental. Como son víctimas, tienen una especie de superioridad moral y criticar o investigar a personas de ese colectivo se considera automáticamente racismo o islamofobia. Y nadie en las instituciones quería ser señalado como racista.
Esto es lo que produce la política de identidades: se deja de juzgar a las personas por lo que hacen y se empieza a juzgarlas por el grupo al que pertenecen. Da igual lo que haya pasado, lo importante es quién lo ha hecho. Si el autor pertenece a un grupo considerado “oprimido”, el asunto se minimiza, se relativiza o directamente se tapa. Lo hemos visto también con otros casos de violaciones en grupo cometidas por hombres que no son blancos: muchas feministas que normalmente están muy pendientes de estos temas guardan un silencio bastante llamativo cuando los agresores no encajan en el perfil que les interesa.
Es el nuevo antirracismo, que no tiene nada que ver con el de Martin Luther King. El de King quería que se juzgara a la gente por el contenido de su carácter, no por el color de su piel. Este nuevo enfoque hace exactamente lo contrario: convierte la identidad en lo más importante y crea dos varas de medir según quién sea el culpable.
El problema del wokismo no es que sea de izquierdas o de derechas. El problema es que es profundamente antiliberal. Rechaza la idea de que todos somos individuos con los mismos derechos y responsabilidades, y la sustituye por una visión en la que lo que importa es a qué grupo perteneces. Desde esa lógica se justifican dobles estándares, se limita la libertad de expresión cuando molesta a ciertos colectivos, y se antepone la protección de la narrativa identitaria a la protección real de las personas (en este caso, de niñas vulnerables).
Al final, lo que está haciendo es erosionar las bases sobre las que se construyeron las democracias liberales: la igualdad ante la ley, la presunción de inocencia, el juicio por hechos y no por identidades, y la capacidad de hablar con claridad aunque lo que tengas que decir sea incómodo. Y cuando eso se rompe, las consecuencias pueden ser muy graves, como ya hemos visto.
@HGhiretti@alejmordu Lo que me causa sorpresa es que el reglamento de cursada fue un proyecto mío cuando era consejero académico estudiantil y los docentes lo consideraron "muy laxo". Tuvo modificaciones menores y más de 30 años después lo consideran "durísimo" 🤦🏻♂️
@MBattaglia07 Me quede con las ganas en el 87, cuando nos bajaron del aviso que hacía reabastecimiento a la dotación de la ARA. En ese entonces era un estudiante que fungía de auxiliar de investigación de un PID del CONICET.
Alguna vez llegaré en velero⛵