Para quienes les gusta mis retailas "rimbombantes" les cuento que este proyecto trasciende lo estético para adentrarse en lo ético y lo político. Se trata de una práctica decolonial que busca desmantelar, desde la imagen, los archivos visuales hegemónicos del cuerpo masculino.
Al permitir que los cuerpos masculinos sean vistos en su vulnerabilidad, no solo fotografío piel, accedo a un territorio sagrado: la intersección entre su biografía, su espiritualidad y su carne. Este acto es un gesto de resistencia contra un contexto cultural conservador que banaliza, rentabiliza y cosifica los cuerpos.
Como lo que hago es una práctica desde las márgenes, debo ser autocrítico y preguntarme cosas como estas:
¿Cómo evito reproducir, desde mi posición como fotógrafo, una dinámica extractivista donde el cuerpo del "otro" se convierte en un simple artefacto para mi narrativa?
En la economía de la atención de las redes sociales, ¿el consentimiento para ser fotografiado equivale al consentimiento para ser viralizado?
¿Cómo protejo la integridad de los participantes más allá del estudio, en el ecosistema digital donde la imagen adquiere una vida impredecible?
Al exhibir estos cuerpos "diversos", ¿corro el riesgo de crear un nuevo canon de lo "deseable" o "aceptable", perpetuando así, incluso desde la disidencia, una lógica normativa y excluyente?
Esta no es una búsqueda de respuestas definitivas, sino de mantener viva la pregunta.
¿Qué otros cuestionamientos éticos consideras esenciales en un ejercicio como este?