A veces la vida te rompe un poco para que aprendas a mirar distinto. Para que entiendas que no todo lo que duele es el final, que a veces es solo el comienzo de otra versión de ti. Una más fuerte. Una que ya no se conforma con amores a medias, con amistades que pesan, con silencios que duelen más que las palabras.
Porque un día, sin darte cuenta, dejas de esperar mensajes que no llegan. Dejas de rogar por atenciones que deberían ser naturales. Y en ese instante, justo ahí, empieza el verdadero cambio.
Empiezas a elegirte. A darte lo que siempre diste. A ser tú quien se salva. Con calma. Sin prisa. Sin gritos. Solo tú, mirando hacia adelante, sabiendo que mereces todo lo que aún no ha llegado… pero viene en camino.
𝑫𝒐𝒎𝒊𝒏𝒈𝒐𝒔 𝒚 𝒉𝒆𝒓𝒊𝒅𝒂𝒔 𝒒𝒖𝒆 𝒏𝒐 𝒓𝒐𝒎𝒑𝒆𝒏
Los domingos tienen esa manera extraña de hacerte sentir todo.
Lo que fuiste, lo que perdiste, lo que aún duele pero ya no lloras.
Son lentos, como si quisieran que te sientes a pensar en lo que llevas dentro.
Y ahí, en medio del café que se enfría y las canciones que suenan bajito, recuerdas.
Recuerdas lo que costó llegar hasta aquí sin romper a nadie.
Lo que tuviste que callar.
Las veces que quisiste gritar pero elegiste abrazar.
Las veces que el dolor te llenó los bolsillos y aun así sonreíste.