Hay manos que buscan la seda, la piel sin rastro de espinas, pero hay otras que ansían el bosque, las fuerzas que no se dominan.
Un pecho de hilos oscuros, tapiz de viril fortaleza,
donde el instinto despierta y la caricia es profundamente primitiva.
Tras la tormenta que desmanteló los muros, los pies descalzos reconocen de nuevo la firmeza de la tierra. Hay un silencio limpio que florece entre las grietas, una savia antigua que sube despacio por el tronco herido.
No hay prisa en la reconstrucción del horizonte: el pecho aprende la calma de las mareas que vuelven, y la cicatriz deja de ser una grieta para volverse la raíz de tu nueva fuerza.