Dicen que el capibara no le teme a nada…
pero no es por coraje.
Es porque no ve a nadie como enemigo.
No discute.
No huye.
No se exalta.
No se defiende.
Simplemente camina… como si el mundo no pudiera hacerle daño.
Se mueve entre caimanes como si fueran parte del paisaje.
Cruza junto a depredadores como quien va por pan.
Y nadie lo ataca.
Nadie lo empuja.
Nadie lo toca.
No es el más fuerte.
No es el más rápido.
Ni el más grande.
Pero no representa una amenaza para nadie.
No impone con fuerza ni con rugidos.
Impresiona con su tranquilidad.
Desarma con su serenidad.
Contagia con su equilibrio.
Tiene una presencia que calma.
Una energía que baja el volumen del entorno.
Una vibra que hasta a los agresivos… los hace respirar más lento.
Y quizá por eso tantos lo siguen:
pájaros, monos, tortugas, incluso fieras.
Porque estar cerca de un capibara… te da un respiro mental.
Al final, no se trata de ser impenetrable…
sino de transmitir tanta paz, que a nadie le interese hacerte daño.
El capibara no carga odio.
No busca problemas.
No vive a la defensiva.
Solo está.
Presente.
Tranquilo.
Libre.
Y tal vez eso es lo que más nos falta:
menos lucha…
y un poco más de alma de capibara.
Sus frases virales, sus gestos cercanos y su mirada compasiva lo convirtieron en un fenómeno global
En sus últimos años, pese a la salud frágil, siguió activo
Vi un texto que decía: 'No hablo mal de la gente que alguna vez amé, pero seré honesto sobre lo que yo viví. Y si eso les molesta, entonces tal vez debieron portarse mejor conmigo.'
Y estoy completamente de acuerdo.
Ojalá pudiera quererme a mí como un día te quise a ti. Con esa entrega desmedida, con esa pasión que parecía no tener límites, con esa fe ciega en que el amor podía arreglarlo todo. Ojalá pudiera mirar mis propios ojos con la misma ternura con la que solía mirar los tuyos, perdonar mis propios errores con la paciencia con la que intentaba perdonarte los tuyos.
Porque ahora, en este silencio donde ya no estás, he descubierto algo doloroso: nunca aprendí a quererme como te quise a ti.
Te di todo lo que tenía, y más. Me vacié en el proceso, me olvidé de mis propios deseos, de mis propias necesidades, con la esperanza de que, al llenarte a ti, también me llenaría a mí. Pero ahora que te has ido, el vacío que dejaste no es solo por tu ausencia, sino por la falta de amor propio que me quedó después de haberte dado tanto. No te culpo, el problema es mío. Pero no sé cómo hacerlo.
Ojalá pudiera quererme con esa misma devoción, con esa misma intensidad. Ojalá aprendiera a abrazar mis propias heridas en lugar de castigarlas. Ojalá supiera celebrar mis propias victorias en lugar de minimizarlas. Ojalá pudiera mirarme al espejo y ver a alguien digno de todo ese amor que alguna vez te entregué sin reservas.
Porque, si hay algo que me ha enseñado este proceso, es que amar a otro es más fácil que aprender a amarse a uno mismo.
Pero, tal vez, esa es la lección que necesitaba aprender: que, para amar de verdad, primero debo encontrar ese amor dentro de mí. Que nadie puede llenarme si no me lleno yo primero. Y que, ojalá, un día, pueda quererme con la misma fuerza con la que un día te quise a ti.
#danielhabif