Lo único que ha conseguido la nueva educación ha sido acortar la distancia imprescindible entre educador y educando, entre el profesor y el alumno, una distancia mayor por descontado, que la que debe darse entre padres e hijos.
Ha habido demasiada condescendencia hacia la camaradería, la tendencia a gustar y a ser simpático, cuando de lo que se trataba es de enseñar: enseñar nuevos conocimientos y enseñar a convivir.
Cuando no se aprende a respetar al superior que impone las reglas es lógico que tampoco estas merezcan ningún tipo de consideración y se piense que es normal y lógico, incluso y divertido y gracioso, transgredirlas.
De ahí que la ética se fuera entendiendo más y más como el dominio y la erradicación de las pasiones, y la sabiduría práctica, como el conocimiento que conseguía reprimirlas e intentaba eliminarlas.
La vergüenza, la ira, el miedo, son sentimientos que nos sobrevienen y, o bien nos impiden actuar, o nos llevan a hacerlo de la forma equivocada e irracional.
Uno de los defectos de nuestra democracia, que es muy partidista, es no pensar en el bien común, no pensar más allá de las próximas elecciones, de modo que los proyectos siempre son a corto plazo.
Siempre la ética estará en crisis, porque si no está en crisis es que somos demasiado autocomplacientes y pensamos que ya se han realizado todos los ideales, lo cual sería lo más negativo que nos podría ocurrir.
Las emociones son necesarias porque sin ellas no hay motivación para actuar. Pero hay emociones inadecuadas, que solo nos inhiben de actuar o nos llevan a actuar erróneamente. El miedo o la vergüenza pueden ser buenos, pero pueden paralizar la acción.