Que mi novio tenga la barba larga como la de mi papá, no significa nada. Tampoco que los dos sean filósofos. Ni que se llamen igual. Son cosas fortuitas.
¿El hombre es bueno por naturaleza?
¿El hombre es egoísta y malo por naturaleza?
Hay evidencias de las dos posturas.
Pero de lo que hay más evidencia, es que el hombre es mierda por naturaleza.
Cuidado con la terapia que solo te enseña a culpar a tus padres de todo. Entender tu historia es clave, pero usarla como un escudo para no hacerte cargo de tu presente es la trampa perfecta para no cambiar jamás. El pasado explica, no excusa.
Soy parte de una generación que se formó creyendo en la promesa de que la ciencia mexicana podía ser motor de cambio. Estudiamos, publicamos, competimos, nos doctoramos aquí o en el extranjero, convencidos de que al volver encontraríamos un espacio donde nuestras ideas tendrían sentido. Pero el 2025 nos enfrenta con una realidad menos romántica: la academia nacional parece diseñada para conservar, no para transformar.
No es que falte talento; lo hay, y en abundancia. Lo que falta es un ecosistema que lo aproveche. Los concursos de plazas suelen estar escritos para candidatos predeterminados. La evaluación, más que medir la relevancia social de la investigación, premia la obediencia a indicadores que poco dicen de los problemas del país. Y cuando alguien intenta pensar fuera de esos márgenes, se le recuerda rápidamente que el sistema no tolera la disidencia.
Al mismo tiempo, seguimos atrapados en la fascinación con lo extranjero. Muchos de mis colegas viven con la ansiedad de acumular publicaciones en revistas que tal vez nunca leerá un estudiante mexicano. El reconocimiento parece venir siempre de afuera, como si aquí no existiera un público capaz de valorar o cuestionar lo que hacemos. Así, la ciencia mexicana corre el riesgo de convertirse en un reflejo tenue de agendas ajenas, antes que en un espacio creativo capaz de responder a nuestros propios retos.
Lo más frustrante es la distancia entre la ciencia y la vida cotidiana. En las aulas enseñamos a las y los estudiantes sobre biología molecular, sobre física de materiales o sobre neurociencia, mientras afuera la población enfrenta sistemas de salud saturados, carencia de medicamentos y una economía que apenas logra sostenerse. Producimos artículos con temas de frontera, pero seguimos sin resolver cuestiones tan elementales como el acceso equitativo a la educación científica.
Sin embargo, no todo es derrota. Veo brotes de cambio en colectivos de jóvenes investigadores que deciden construir redes propias, en laboratorios que trabajan con comunidades rurales para desarrollar soluciones locales, en académicos que se atreven a hablar con voz crítica frente a la complacencia institucional. Esa es la ciencia que me hace permanecer aquí: una ciencia que se piensa desde México, con conciencia de sus desigualdades y potencialidades.
En este 2025, la pregunta no es si tenemos científicos capaces —porque los hay—, sino si tenemos la valentía de transformar el sistema que los contiene. La autonomía universitaria, en lugar de ser refugio de camarillas, debe ser garantía de libertad intelectual y responsabilidad social. Y la evaluación académica debe dejar de ser un ritual vacío para convertirse en un proceso que premie la creatividad, la honestidad y el impacto real en la sociedad.
Como joven investigador, no tan joven, no espero milagros, pero sí exijo coherencia: que la ciencia mexicana deje de simular modernidad y asuma, por fin, el reto de pensarse y construirse a sí misma. Porque de lo contrario, nuestra generación no solo heredará problemas, sino también el desencanto de haber creído en una promesa que nunca se cumplió.
En la opinión funable del día. Qué pinche generación de jóvenes más hostil.
Hoy fui a un centro universitario y todos con una actitud de a punto de pelear por todo.
Me dan hueva y pena porque yo sé que es una etapa evolutiva y en unos años van a ser señoritingos conservadores.
En la historia clínica infantil se pregunta a los padres, bueno a la madre porque los papás nunca saben nada, se les pregunta si alguna vez pensaron que su hijo era sordo.
Ignorar cuando se les llama puede ser un signo de TEA o TDAH. Ojo: solo es un signo no un diagnóstico eh.
Mi viejo era sordo y usó audífonos toda su vida. Cuando yo era chico y vieron que no contestaba cuando me llamaban, me hicieron todos los estudios posibles. Dieron bien y mis padres descubrieron por la vía científica que simplemente, aunque era un niño, me hacía el boludo.
Mamás y papás que me leen, deben saber esto:
Tu hijo pequeño NECESITA aburrirse y frustrarse para un adecuado desarrollo neurológico y psicológico.
Si lo complaces en todo para que no sufra, crecerá sin recursos para manejar emociones ni tolerar fracasos.
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Si The Walking Dead hubiera sido aquí en la ZMG: Hill top habría estado en la cima de Zapopan, The Kingdom en el cerro de la reina, Alejandría en el Iteso y el Santuario en Tlajo.
Todas las formas de entretenimiento humano han sido consideradas nocivas para el intelecto.
En 30 años vamos a pensar que roblox en realidad era una forma sana y creativa de pasar el tiempo.
Me da un poco de miedo contra qué lo vamos a comparar.
No saben el castigo que es tener olfato sensible.
No puedo visitar casas con perros porque lo huelo aunque limpien.
Me doy cuenta si hay cucarachas.
¿un vaso mal lavado? Una pesadilla
El suelo mal trapeado
El baño 🙂↕️
Ni yo me soporto de tan mamona que soy.
La mujer de tiktok que cuenta su historia de cómo se enamoró de su psiquiatra y cómo, según ella, él la dejó continuar con la relación terapéutica a pesar de saberlo, deja muy claro cómo una persona con problemas mentales puede mal interpretar todo lo que el otro haga.