—“Me tengo que ir. Mañana mi hija juega su primer partido.” Hace unos años, habría sido el último en irse.
Otro pidió un café en lugar de otra cerveza.
—“Estoy entrenando temprano.”
El mismo que antes siempre proponía “una más”. Otro pasó media cena respondiendo mensajes. No porque estuviera distraído. Estaba hablando con su mujer, que acababa de acostar al bebé con fiebre. Y el último, el más callado de todos, apenas habló.
Al despedirnos me contó que esa semana había perdido a su padre.
Y que simplemente necesitaba estar un rato con nosotros.
Volví a casa pensando en algo.
Durante años creí que crecer significaba cambiar de amigos.
Ahora creo que crecer es aprender a querer a los mismos amigos en versiones distintas. Ya no somos los que cerraban los bares.
Somos los que preguntan si llegaste bien.
Los que celebran un ascenso.
Los que hacen silencio cuando hace falta. Los que entienden que cancelar un plan por un hijo enfermo no es una excusa. Es una prioridad.
Quizá la amistad no consiste en verse todas las semanas. Consiste en que, aunque la vida cambie a todos…
cuando finalmente vuelven a sentarse en la misma mesa, nadie tenga que explicar por qué sigue ahí.
Y eso, con los años, vale mucho más que cualquier promesa de juventud.
Semen en los pulmones y los intestinos perforados.
Hay quien me critica por pedir la pena capital para todo el que toque a un niño.
Ay si supieran lo que les haría antes se llevarla a cabo.
Emociona para todos los que lo vimos romper la cama cuando le tocó Cristiano.
Cuando Pumus rompió la cama por un Khazri IF.
Cuando le tocó ZOLA en la casa de la abuela.
Cuando le ganó a Bateson con gol de Konoplyanka.
Emociona carajo. EMOCIONA.