A veces toleras faltas de respeto no porque “te gusten”, sino porque todavía no logras dimensionar lo que realmente te están haciendo.
Pero cuando haces consciente la humillación, la manipulación, el desprecio o el daño… algo cambia.
Ya no puedes seguir engañándote.
Y ahí ya no hay vuelta atrás.
Porque una vez que ves la gravedad de lo que permitías, dejar de poner límites empieza a doler más que perder a la persona.