#objetivos#smart Elige bien tus objetivos y sobretodo "Por qué" es vale la pena conseguirlos. De ese "Por Qué" dependerá que los consigas o no, que tengas seguidores o competidores #startwithwhy@simonsinek
No quiero generalizar por una sola opinión, pero este tipo de planteamientos se repiten con frecuencia y no surgen en el vacío sino que responden a un relato cultural muy extendido en ciertos sectores del feminismo contemporáneo.
Decir que cuando una mujer mira a otra y piensa “está gorda” en realidad es “un hombre mirando a través de su cabeza” implica varias cosas problemáticas:
-Niega la agencia de las mujeres: sus propios juicios, envidias o preferencias no serían suyos, sino producto del “patriarcado internalizado”.
-Es incoherente: si una mujer piensa que un hombre está gordo o calvo, ¿también es “un hombre” el que piensa dentro de ella?
-Ignora la biología y la psicología evolutiva ya que las mujeres, como los hombres, compiten intrasexualmente. Juzgar el físico de otras mujeres (y denigrarlo por medio del cotilleo) forma parte de esa competencia natural, no es una imposición externa que anula su mente.
Atribuir todo pensamiento crítico femenino a “la mirada masculina” no empodera a las mujeres, las infantiliza. Las personas (hombres y mujeres) tenemos juicios estéticos y eso es humano, no un complot patriarcal dentro de nuestra cabeza.
Nos pasamos la vida buscando objetivos basados en parámetros sobre lo que nos han vendido que debería hacernos felices en vez de lo que en realidad nos hace. Y de ahí viene lo demás.
⭕️Círculø del Escribä📜
Viernes es. Vamos.
Hay mujeres que no se marchan del todo.
Se van del calendario, sí.
Dejan de contestar llamadas.
Ya no cruzan los pasillos.
Ya no firman papeles.
Ya no comparecen ante los micrófonos.
Pero permanecen en esa otra habitación más difícil: la memoria moral de un país.
Hoy, viernes, abro La Moncloa como quien abre un viejo gabinete con olor a madera, café y expedientes dormidos. Y siento en la misma mesa a dos mujeres que ya no están entre nosotros, pero cuya sombra sigue teniendo más columna vertebral que muchas presencias vivas cuando caminamos por estos pasillos.
Carme Chacón, primera mujer ministra de Defensa de España, tomó posesión el 14 de abril de 2008; aquella imagen -embarazada, serena, pasando revista- quedó como una grieta luminosa en una liturgia históricamente masculina.
Carmen Alborch, ministra de Cultura entre 1993 y 1996, jurista, escritora, profesora, directora del IVAM y primera mujer decana de la Facultad de Derecho de la Universidad de Valencia, llevó al poder una alegría culta, civilizada y combativa como pocas.
Una entró en Defensa.
La otra entró en Cultura.
Una se plantó ante los galones.
La otra ante los cánones.
Y las dos entendieron algo que España olvida con demasiada facilidad: un país no se defiende solo con cuarteles; también se defiende con libros, museos, memoria, belleza y mujeres que no aceptan vivir de rodillas.
Diálogo improbable en La Moncloa, cerca de la primera planta.
La escena ocurre un viernes, poco antes del amanecer.
La Moncloa todavía duerme con un ojo abierto.
En los jardines hay una humedad fina, casi de jardín elegante. Madrid, detrás de los cristales, empieza a encender sus motores: taxis, radios, tertulianos, panaderías, escoltas, primeras blasfemias del día.
En una sala discreta, apartada del ruido, hay una mesa.
Sobre la mesa: café, agua, una carpeta roja, una pluma negra y una pequeña luz triangular proyectada por una lámpara.
Un delta mínimo.
Un ojo sin párpado.
La geometría sobria de las cosas que permanecen.
Carme Chacón aparece primero.
Trae la serenidad de quien conoció el peso del mando y la violencia suave del símbolo. No necesita uniforme para imponer presencia.
Poco después entra Carmen Alborch, luminosa, civil, con esa elegancia de mujer que jamás confundió la alegría con la frivolidad.
—Llegas como si todavía hubiera Consejo de Ministros —dice Alborch.
Carme sonríe.
—Y tú como si vinieras a inaugurar una exposición y una revolución al mismo tiempo.
—Querida, a veces son la misma cosa.
Se sientan.
Durante unos segundos no hablan.
Hay silencios que no son ausencia, sino rango de autoridad.
Carme mira la lámpara.
—A mí me tocó entrar en Defensa. Ya sabes: banderas, galones, himnos, viejas fotografías de hombres serios mirando hacia ninguna parte.
—El museo viril de la patria -dice Alborch.
—Algo así. Pero aquel día descubrí que no todos los muros están hechos de piedra. Algunos están hechos de costumbre.
Carmen Alborch se inclina levemente.
—La costumbre es el cemento preferido del poder.
—Y el prejuicio, su fontanero.
Alborch ríe.
—Eso habría que ponerlo en mármol. O mejor: en una servilleta de cafetería. El mármol vuelve solemne hasta la tontería.
Carme toma el café.
—Cuando pasé revista, muchos no vieron a una ministra. Vieron un cuerpo femenino donde no esperaban verlo. Un embarazo en mitad de una liturgia de mando.
—Eso les desordenó el altar.
—Exacto.
—Y bendito desorden -responde Alborch-. La cultura también consiste en mover los muebles del templo. Quitar polvo. Abrir ventanas. Preguntar por qué siempre están los mismos retratos y nunca las mismas heridas.
Carme la observa con afecto.
—Tú defendías España de otra manera.
—Yo defendía su imaginación. Que no es poca cosa. Un país sin cultura se vuelve manejable, dócil, bruto. Puede tener ejército, bandera y presupuesto, pero por dentro se le apagan las lámparas. Mira a Feijóo y su séquito.
—En Defensa aprendí que proteger no siempre significa levantar murallas.
—En Cultura aprendí que abrir puertas también protege.
Fuera, un coche oficial cruza lentamente la gravilla.
Parece un animal negro desplazándose por el borde de la Historia.
Carme habla despacio:
—La autoridad siempre ha querido parecer masculina. Voz grave, gesto seco, mandíbula apretada. Como si gobernar consistiera en tener cara de estatua ecuestre.
—Ay, las estatuas ecuestres -dice Alborch-. España está llena de señores montados a caballo que no sabrían bajar sin ayuda de un ujier.
Carme suelta una risa breve.
—Yo no quise parecer un hombre. Ese fue mi pecado.
—No, querida. Ese fue tu mérito.
Alborch se quita lentamente los guantes.
—A mí me pasó algo parecido, aunque en otro registro. Nunca acepté que una mujer pública tuviera que pedir perdón por estar viva, por arreglarse, por reír, por hablar de soledad, por tener deseo, por pensar en voz alta, por tener alegría.
—Te llamaron frívola.
—Claro. Es el insulto que se reserva a las mujeres inteligentes cuando no consiguen entristecerlas.
Carme asiente.
—A mí me esperaban la grieta.
—A todas nos esperan la grieta.
—Y si no aparece…
—La inventan.
La luz triangular sobre la mesa se alarga.
Compás. Escuadra. Plomada.
No como conspiración barata de sobremesa, sino como disciplina interior: medir la palabra, sostener el pulso, levantar columna.
Carme mira la carpeta roja.
—¿Sabes qué me impresionó del poder?
—Dime.
—Que casi nunca habla de sí mismo con honestidad. Se disfraza de deber, de protocolo, de urgencia nacional. Pero muchas veces es puro miedo a perder el sitio.
—La cultura desnuda eso -responde Alborch-. Por eso la temen. Un buen libro, una obra de arte, una mujer libre en una mesa de ministros… todo eso le recuerda al poder que no es eterno.
—Ni sagrado.
—Ni tan inteligente como cree.
Las dos sonríen.
Hay algo hermoso en esa sonrisa.
No es nostalgia.
Es victoria sin trompeta.
Carme dice:
—Yo fui una imagen incómoda.
—Y necesaria.
—Una mujer embarazada ante los ejércitos.
—Una mujer completa ante un país acostumbrado a partirnos en trozos: madre o dirigente, bella o inteligente, seria o libre, obediente o peligrosa.
—Tú elegiste peligrosa.
—No. Elegí entera.
La palabra queda flotando en la estancia blanca.
Entera.
Como una campana pequeña.
Como una contraseña.
Como una llave antigua.
En ese instante, La Moncloa parece menos palacio y más sala de examen.
El edificio escucha.
Alborch se levanta y camina hacia la ventana.
—Mira Madrid. Siempre tan convencida de estar despierta, y sin embargo cuánto le cuesta abrir los ojos.
—España cambia despacio.
—Sí. Pero cambia. A veces por leyes. A veces por derrotas. A veces por una fotografía. A veces por una mujer que entra en una habitación donde nadie la esperaba. Por nosotras.
Carme se acerca.
—Lo importante no fue que yo llegara a Defensa.
—¿Qué fue?
—Que después ya no pudieran decir que era imposible.
Alborch asiente.
—Lo importante no fue que yo llegara a Cultura.
—¿Qué fue?
—Que la cultura también hablara con voz de mujer libre. No de musa. No de secretaria del genio. No de adorno en la inauguración. Mujer. Ministra. Jurista. Escritora. Ciudadana. Ser mujer.
Carme mira la pequeña sombra triangular.
—Entonces tú cuidabas el alma.
—Y tú cuidabas el cuerpo.
—El cuerpo del Estado.
—El alma de la República íntima que cada ciudadano lleva dentro.
Se hace un silencio.
Y ese silencio, queridos y amadísimas, vale más que media hemeroteca.
Porque allí, en una sala de La Moncloa que nadie recordará oficialmente, dos mujeres que ya no están entre nosotros dejan escrita una lección sobre la mesa y que siempre las recuerdo:
Defender un país no consiste solo en proteger sus fronteras. Consiste en proteger aquello que hace que merezca la pena vivir dentro de ellas.
Sus libros.
Sus hijas.
Sus museos.
Sus escuelas.
Sus soldados.
Sus madres.
Sus plazas.
Sus palabras.
Sus mujeres libres.
Carme recoge la pluma.
—¿Firmamos?
Alborch sonríe.
—Siempre. Pero sin pedir permiso.
Y firman.
No un decreto.
Ni un acta.
Tampoco una orden ministerial.
Firman algo más antiguo y más peligroso:
Una promesa.
Que ninguna mujer vuelva a entrar en el poder como invitada tolerada.
Que entre como quien vuelve a una casa que también era suya.
Que el uniforme no expulse la ternura.
Que la cultura no esconda la fuerza.
Que la alegría no sea sospechosa.
Que la autoridad no necesite disfrazarse de hombre.
Y entonces amanece.
La Moncloa despierta.
Los teléfonos suenan.
Los titulares afilan los dientes.
La maquinaria vuelve a ponerse en marcha.
El DSN avisa.
Pero en la mesa queda una frase, escrita con tinta oscura:
Un país se defiende con coraje. Pero solo se salva con cultura.
Viernes es.
Vamos.
Con ellas, hondura y lumbreza a defender un país con mujeres progresistas.
Salud, fuerza y rectitud.
Sello del Escriba. ⚖️△
[✒︎△ | @D_S_Iglesias | ☕️🖋️♟️]
@ismaelalvarez Algún día, en algún lugar, indefectiblemente, te vas a encontrar contigo mismo; y puede que sea el momento más feliz, o la más amarga de tus horas.
Mil gracias por tanto ❤️
Luego nos preguntamos por qué la terapia es tan poco eficiente.
La ansiedad te puede matar subjetivamente y cuando la psicología me dice que no, está negando mi percepción. Si la alianza terapéutica es útil, esa es la manera de acabar con ella.
@CioLerma Siendo un fan del protocolo, considero que debería pasar una resignificación para que tenga sentido en el mundo actual y futuro.
Un vinculo con educación social básica y urbanidad y, desde ahí, hacia aspectos más complejos.
Orillando, si conviene, el peso de clase social
@Pontifex, will be hosted in Barcelona by @salvadorilla whose health politics discriminate people.
This is not much christian, I guess, eventhough Salvador is indeed.
What should we do? 👇
Si sientes celos estás roto, si amas mucho eres dependiente y si quieres exclusividad te falta evolución espiritual.
Igual el problema no es el amor.
Tal vez el problema es la cantidad de tonterías que le estamos colgando encima.