No quería dejar pasar esta publicación del embajador chino, porque ayuda a explicar con bastante claridad las razones del fracaso de los proyectos socialistas impulsados por Petro en Colombia, los Kirchner en Argentina, Maduro en Venezuela, Ortega en Nicaragua y los Castro en Cuba.
Para que un modelo colectivista sea medianamente funcional, es indispensable que exista una base sólida de muchísima riqueza, acompañada de múltiples condiciones estructurales.
Debe tratarse de una sociedad altamente productiva, disciplinada y trabajadora, como ocurre en China, Suecia o Noruega.
Estas sociedades se caracterizan por un alto sentido de responsabilidad colectiva, cumplimiento estricto de las normas y una cultura que sanciona el abuso del sistema y premia a quien aporta y respeta las reglas.
En ese contexto, para que el socialismo funcione, el Estado debe gozar de un nivel de autoridad, legitimidad y respeto superior a cualquier otra institución social, incluso a las más fundamentales para el individuo.
Ninguna de esas condiciones se cumple en América Latina.
Se trata de una región históricamente pobre, desordenada y con instituciones débiles, donde no existe una cultura sólida de lo colectivo, donde el trabajo suele percibirse como una carga y no como un valor, donde se premia al “vivo” que se aprovecha de los demás, pagar impuestos se considera una desgracia y el saqueo de los recursos públicos se convierte en un objetivo para muchos.
Mientras esta realidad no cambie, cualquier intento de implantar modelos socialistas solo conduce a repartir pobreza y miseria, destruyendo la poca riqueza existente, como ya ocurrió en Cuba, Nicaragua y Venezuela, y como hoy empieza a evidenciarse en Colombia.
El único camino probado para sacar a América Latina de la pobreza es el trabajo sostenido y el capitalismo sin ambigüedades.
Países como Malasia, Japón, Corea del Sur, Singapur y Tailandia son ejemplos claros: tras la posguerra eran más pobres que gran parte de América Latina y hoy son potencias económicas que sacaron a millones de ciudadanos de la pobreza gracias al trabajo, la disciplina y el capitalismo.
Dejen de creer en líderes que prometen riqueza sin esfuerzo ni trabajo duro.
La historia demuestra, una y otra vez, que ese camino no existe.