Lo que le sucedió a Ricardo Mizael me tiene impactado, asqueado y lleno de coraje e impotencia. Esto le puede pasar a cualquiera de nosotros, a nuestros hermanos o a nuestros hijos.
No era delincuente. No era un vago. Era un adolescente de 16 años, estudiante de la Universidad Autónoma de Sinaloa, deportista y trabajador.
Salió a comprar un biberón para un gatito que había rescatado. Sicarios llegaron y lo rafaguearon. Al parecer, lo confundieron.
Ricardo no falló. A Ricardo le fallaron las autoridades. Todas aquellas que entregaron el país al crimen organizado y que hoy siguen negándose a llamarlos terroristas y los ven como simples “generadores de violencia”
Sinaloa y México son un baño de sangre. ¿Y el gobernador Rubén Rocha? ¿Y la presidenta Claudia Sheinbaum? ¿Y el Estado? Nadie hace nada.