En 2016, unos jóvenes salvaron a un perro que había caído en un embalse formando una cadena humana. Diez años después, el alcalde les erigió una estatua en su honor
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@asjustinX Si me hubiera conformado con los primeros diagnósticos que me han dado a diferentes patologías sufridas a lo largo de mi vida, a día de hoy no estaría aquí. Desidia, complejo de Dios, ignorancia... No sé, el enfermo eres tú y el problema es tuyo. No te conformes con medicarte
EL ANTES VS EL AHORA
Antes la vida iba con menos control remoto. Quedabas “a las seis en la fuente” y eso era un contrato verbal sagrado. No había “te mando ubicación”, “llego en 7 min”, “estoy aparcando” cuando todavía estás en casa con el abrigo puesto. Si alguien no venía, te comías la espera mirando el reloj como si fueras guardia suizo… y luego te ibas con dignidad y una frase mítica: “me dejó plantado”. Ahora es peor: no te dejan plantado en una plaza, te dejan plantado en el chat, que es como que te ignoren pero con recibo de lectura. El “visto” es el nuevo “paso de ti”, pero con tecnología y depresión.
Antes, si querías saber algo y nadie lo sabía, se decía: “ni idea”. Y no pasaba nada. El mundo seguía girando igual. Hoy, si no sabes el nombre de un actor secundario, tu cerebro entra en modo “no puedo vivir así” y te ves a las tres de la mañana investigando como un detective: pestañas abiertas, anuncios, foros, un vídeo de “10 curiosidades del reparto”… y al final lo encuentras y dices: “ya está”. ¿Te aporta algo? No. ¿Te quitó sueño? Sí. ¿Lo recordarás mañana? Tampoco. Pero oye, la ansiedad va servida.
Antes elegir una peli era fácil: había lo que había. Videoclub, carátulas, “esta no, esta ya la vi”, y te llevabas la que quedaba. Y lo vivías. Ahora tienes 400 plataformas, 12.000 opciones y tardas 40 minutos en decidir para acabar viendo lo mismo otra vez, porque el exceso de elección no te da libertad: te da parálisis. Y encima la tele te pregunta “¿sigues ahí?”. ¡Claro que sigo! Si no me he movido en una hora, pero por estrés, no por relax.
Antes la música se “cazaba”. Grababas de la radio y te quedaba el locutor encima: “¡Y ahora…!” y tú: “¡Cállate!” Pero esa cinta era tu tesoro. Ahora tienes toda la música del planeta y te pasas la vida saltando canciones porque “no es mi mood”. ¿Qué mood? ¡Si estás doblando calcetines! Antes doblabas con lo que sonara y ya. Ahora necesitas una playlist llamada “doblar ropa pero con autoestima”.
Antes hacías pocas fotos y eran recuerdos de verdad. Se revelaban, se guardaban, se miraban. Hoy haces 200 fotos en una tarde, las editas, las subes, y mañana ni te acuerdas. Las fotos ya no son memoria: son certificado de presencia. “Mirad qué bien estoy.” Y luego te sale un “recuerdo” en el móvil y te mete una puñalada emocional: “¿Te acuerdas cuando eras feliz?” Gracias, aplicación, muy terapéutica, sí.
Antes el aburrimiento era creativo. Te aburrías y te inventabas algo: salir, llamar, jugar, pensar, mirar al techo. Ahora el aburrimiento dura tres segundos: aparece y lo matas a scroll. Vídeos cortos, memes, recetas con música épica, gente bailando… y tú consumiendo estímulos como una aspiradora. Luego “no me concentro”. Normal: tu cerebro ya no camina, hace zapping.
Y ojo, no digo que antes todo fuera mejor. Antes también había historias: esperar al fontanero como si fuera una aparición, pelearte con el módem, perderte por no tener GPS… Pero había algo que sí era mejor: el ritmo humano. Había huecos, silencio, paciencia. Ahora lo tenemos todo más rápido, más cómodo, más conectado… y vivimos con prisa incluso sentados en el sofá.
La sensación es esa: antes usábamos las cosas. Ahora las cosas… nos usan a nosotros. Y a veces lo más moderno que puedes hacer es lo más antiguo: apagar el móvil un rato, quedar “en la fuente” como si fuera 1998 y recordar que, sorprendentemente, también se puede vivir sin notificaciones.
@eduardomenoni Esto también sucedía en los 80, pero cuando los matones se hacen adultos, de pronto dejan de recordar cómo eran de indeseables cuando eran niños y como hacían ellos bullying a los compañeros más educados y racionales.