Una rica sesión de sexo lésbico.
A mi primita la dejó su novio hace unos meses. Al principio le costó, pero ya lo superó y en el proceso se ha vuelto más cercana a mí. Lo que ella no sabe es que siempre me ha despertado un deseo profundo. Su ternura, su aire tan femenino, esa caderita pequeña, las tetitas redondas, las piernas blancas y largas y ese abdomen plano y suavecito me hacen querer poseerla, tomarla y pervertirla, dándole los orgasmos que su ex nunca supo regalarle.
Con 19 años está muy curiosa, coqueta y con poca experiencia sexual. Yo, a mis 23, con varias novias y algunas aventuras un poco locas, tengo mucho que mostrarle. Desde la ruptura se ha refugiado en mí y se ha convertido en una tentación constante. Cuando hacemos pijamadas y me abraza por las noches, con su piel suave pegada a la mía, he tenido que salir al baño a tocarme pensando en ella. Nunca nadie me había generado tanto morbo.
Un fin de semana de vacaciones se quedó a dormir en mi apartamento. Cenamos, vimos una película con algunas escenas de sexo, entre ellas algunas entre chicas y nos bajamos una copa de vino. Ella, curiosa, me preguntó qué se sentía besar a una chica. Yo solo la miré con malicia y una sonrisa.
Al terminar la peli me dijo que se iba a cambiar y al rato salió del baño con un pantalón de pijama flojo, abdomen al descubierto y un top que apretaba sus tetitas de forma tentadora.
—Vamos a dormir —me dijo, jalándome hacia la habitación.
Yo también quise estar cómoda así que me quité la blusa y el short, quedando en bra y tanga frente a ella.
—Waooo, son más grandes que las mías —exclamó mirando mis tetas.
—Las tuyas tampoco están mal, de hecho están muy bien —le respondí.
—Tienes una figura envidiable —le dije mientras me acercaba—. ¿Sigues con la duda de cómo se siente besar a una chica, princesa?
Tomé su barbilla con suavidad y la besé despacio. Ella cerró los ojos. Mordí sus labios, metí mi lengua y la atraje contra mi cuerpo, acariciando su abdomen. La empujé suavemente a la cama, le quité el pantalón de un tirón y me abalancé sobre ella. Besé y lamí su cuello, el contorno de sus tetas, mordí su abdomen y bajé hasta su sexo. Le saqué el top, jugué con sus pezones y luego le quité el hilo. Chupé su clítoris, metí mis dedos y la hice correrse con un squirt intenso que mojó las sábanas.
La besé con su sabor en los labios, junté nuestros sexos y nos movimos con ritmo hasta corrernos las dos. Después le di una última sesión de sexo oral que la dejó arqueando la espalda y jadeando exhausta.
La abracé bajo la sábana blanca con la que cubrí su cuerpo, mientras me dedicaba a acariciar su culito con calma.
—Así se siente besar a una chica, mi princesa —le susurré.
—Me encantó —respondió abrazándome fuerte, con su carita apoyada en mi pecho y una sonrisa satisfecha.