continúa:
—Es por su gato —le informa. ¿Y si lo que necesita es japonés? U otro idioma. De cualquier manera, sigue—: es blanco, con una mancha naranja en la cabeza y la cola rota. ¿Lo has visto?
Porque no estaría ignorándole a propósito, ¿verdad?
Ocasionalmente, le avergüenza la frecuencia con la que entra y sale de la misma tienda. Aunque todas tengan un inventario similar, siempre es la misma.
Un helado de melón detrás de otro.
Lo paga, sale, rasga el envoltorio, lo prueba... También es el mismo proceso una y otra »
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Lo de estar por tierras coreanas sin saber decir la «u» en el idioma lo lleva regular. Tan regular que se le ha plantado una señora delante en la salida de la convini y le ha empezado a hablar de carrerilla, sin pausa y con prisa.
¡Pobre de Rian!
Es un poco el vivo
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por segundo que ha alcanzado a escuchar, ha entendido que la pobre señora, lo que busca, es a su gato.
Un intercambio de teléfonos más tarde, se gira hacia el chico.
—¿No... —Enseguida, retrocede en sus propias palabras. ¿De qué sirve hablarle en coreano? En inglés, »
Hay ocasiones, como esa, en la que Havelock teme al atrevimiento y la iniciativa.
Le sigue con la mirada desde que se levanta hasta que se sienta a su lado y se entretiene un poco más detallando cuánto puede quedarle de vida al cigarro.
Otra vez a él, y otra vez al plato. »
No habla solo. Saluda a la gente que le rodea, al camarero, al sol resplandeciente —y jodidamente caluroso—, a él mismo, a la vida. Hablar solo no está tan mal. Ser percibido como un loco sí.
Alguien le responde y Wrenna sonríe. Abandona la mesa que había
⁽ … ⁾
Parece que va a hablar, pero calla. Empuja el plato —no le queda mucha huevo, ni tofu, ni zanahoria y a esas alturas, lo que hay es más arroz blanco que otra cosa— y en una muda invitación, se lo ofrece.
—Ahora ya no —corrige—, gracias por la compañía.
¿La quiere, siquiera? »
𝘔𝘪𝘳𝘢, 𝘰𝘵𝘳𝘰 𝘲𝘶𝘦 𝘩𝘢𝘣𝘭𝘢 𝘴𝘰𝘭𝘰.
Del rubio, pasa a mirar su propio plato.
¿Nadie? ¿De verdad no habla con nadie?
—Buenos días —le devuelve.
Como siempre: ante todo, la cortesía.
Si Havelock se gira hacia el contrario no es porque piense que el saludo le concierne. Por mera curiosidad, sentado en una mesa próxima, dirige la atención hacia él.
Y luego hacia el resto de personas con las que pueda estar hablando.
. . .
precario.
Pero es verdad que nunca le ha faltado de nada.
—¿Era guapo? —La pregunta, que también le sale igual de automática e involuntaria que el suspiro, le provoca un ceño fruncido—. No tienes que responder a eso. ¿Cuál es el premio? Cuando ganas, me refiero.
Los ojos del británico, como buenamente pueden, siguen el trayecto de la sangre escupida hasta reconocer la mancha extenderse sobre la acera.
El pañuelo queda ofrecido en alto, en el aire y... en vano. Le mira a él, mira la tela y después, suspira. Le sale solo, sin pensar. Sin
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Antes de hablar, escupe la sangre sobre las losetas de la acera, destiñéndolas de un rojo que se disolvería con el agua de la lluvia o, en su defecto, del camión de la limpieza.
El pañuelo que le tiende el más bajo le arregla poco — por no decir nada.
────Puedes
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—Llevo mucho tiempo sin ir de vacaciones.
Pues entendía siempre el término como aquellos viajes a los que le llevaban sus padres. Nassau, por el contrario... Poco tenía que ver con las veces que escapaba de los ojos de Seamus para ojear los comics de alguna caseta o puesto
mano al bolsillo de la chaqueta para tenderle un pañuelo de tela.
Que es el que usa para las gafas, pero al no llevarlas, no le sirve de nada más que no sea extendérselas como ofrenda.
—¿Has ganado o has perdido? No sé si darte la enhorabuena.
Por cada «Hideki» que pronuncia, advierte un «Hyde» en consecuente respuesta. Y aun así y ni entrenando el cerebro a la par que la lengua, se acostumbra a reducir el nombre del nipón a aquella única sílaba.
Al británico también se le hace extraño estar ahí —ahí en Corea y »
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Él pensaba más de lo justo y todo lo innecesario. Si tenía que describírsele de alguna manera, no era una persona muy práctica en lo que al engranaje mental se refería.
Ahora, por ejemplo, justo después de volver a Nassau y a sus aguas cristalinas, se le vino a la cabeza
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más. De las Bahamas a Japón y de Japón, a Corea. ¿Tenía rumbo próximo determinado o seguiría llevándose por los caprichos del destino?
De ahí —ahí, en el banco—, tiene que levantarse y acercarse a él. Comprobar la cerveza de su creencia con respecto a la sangre y llevarse la »