El amor royo
no es río que se seca,
sino charco de barro
donde chapotean niños
y abuelos con bastón.
Llega sin aviso,
como lluvia de abril
sobre tejados oxidados;
se va con el viento,
dejando huellas húmedas
que el sol borra al mediodía.
No pregunta pasaporte,
ni cuenta arrugas