Lo de Juan Ramón Carrasco con Sofía Romano no fue un chiste. Fue machismo. Fue la vieja costumbre de humillar a una mujer en público creyendo que eso todavía puede causar gracia. Y hay algo casi tan grave como quien agrede: quienes miran para otro lado, se ríen incómodos o eligen callarse. El silencio también sostiene estas violencias. Las mujeres vivimos esto desde ni��as. En la escuela, en el liceo, en el trabajo, en la televisión, en la calle, en las redes. Adolescente, adulta o vieja: siempre hay alguien que cree tener derecho a descalificarnos, sexualizarnos o hacernos sentir menos. Basta. No necesitamos más explicaciones sobre “el humor de antes”. Necesitamos respeto. Porque ninguna sociedad será verdaderamente democrática mientras una mujer tenga que seguir soportando humillaciones que, si fueran dirigidas a un hombre, serían inmediatamente condenadas. Como bien dijo Sofía: levantemos la voz, esto es con todas.
Le quiero mandar un abrazo fuerte a la profe de literatura de tercero que en la primera clase escribió "soñas la hoguera donde siempre sos la leña" en el pizarrón y nos dijo EXPLIQUEN.