Hoy queremos recordar, una vez más, a Nagore Laffage. Tenía veinte años cuando fue asesinada el 7 de julio de 2008 por el hombre que aparece en la imagen contigua: José Diego Yllanes.
Ambos trabajaban en el mismo hospital, aunque fue durante la noche de San Fermín cuando se encontraron. Se gustaron y decidieron ir a casa de él. Allí comenzaron a besarse, pero de repente él se volvió violento y le rasgó la ropa. Nagore se asustó y le dijo que quería marcharse. Forcejearon. Ella intentó escapar e incluso llegó a llamar a Emergencias. Él le arrebató el teléfono, la golpeó repetidas veces y finalmente la estranguló. Cuando comprobó que había muerto, trasladó su cuerpo a un bosque. Intentó descuartizarlo, pero desistió y terminó abandonándolo allí.
Durante el juicio, además del asesino, también se juzgó la vida de Nagore. A él no lo condenaron por asesinato, sino por homicidio.
Nagore hizo todo lo que tantas veces se dice que hay que hacer: decir no, resistirse e intentar pedir ayuda llamando a Emergencias. Aun así, la asesinaron. Y aun así, cuando ya no podía defenderse, también fue juzgada.
El asesino no llegó a cumplir nueve años de prisión por este crimen. Desde 2017 trabaja como psiquiatra en una clínica privada y, desde 2020, también puede ejercer en la sanidad pública.
@RamonLopez_G Creo que la derecha no quiere que Feijoo sea el próximo candidato y han ordenado darle caña por todos sitios y han filtrado tb lo del Viso.... Si sigue saliendo cositas sobre él y su entorno, la operación 'sustituto' se hará evidente.
- Pedro Sánchez tenía que saber lo de Leire
- Entonces Mariano Rajoy también
- Es que no lo mismo
- Según su lógica, sí
Y se queda en silencio por la hostia que le acaba de meter. 😂
Caso real, señor @oscar_puente_ : esta tarde una usuaria con discapacidad visual muy grave ha solicitado el servicio de Atendo (Adif Acerca) porque no ve.
La primera respuesta de una empleada ha sido decirle: "en Rodilla a la derecha".
-Es q no veo.
-Ah, pues a la derecha...
Igual soy ultra woke pero me cuesta entender que haya gente en la cárcel por cantar "muerte a los Borbones" y luego esto se salde con una multa y 5 meses de prisión
Hay una escena de The Crown que siempre me viene a la cabeza cuando se habla de estatus.
Es cuando Margaret Thatcher va por primera vez a Balmoral.
Ella intenta hacerlo todo bien. Al fin y al cabo es la primera ministra del Reino Unido. Lleva la ropa que considera adecuada, procura estar a la altura, intenta adaptarse...
Y, sin embargo, desde el minuto uno queda completamente fuera de lugar.
No porque le falte dinero ni poder.
Sino porque le faltan los códigos.
Nadie le explica cómo se viste uno allí para salir al campo, cuándo toca cambiarse de ropa, qué se espera de cada momento. Los demás lo saben porque han crecido con ello.Ella no.
Y lo más llamativo es que nadie tiene el menor interés en ayudarla.
No hace falta decirle: "Tú no eres de los nuestros." Basta con dejar que se equivoque una vez detrás de otra.
La escena resulta incómoda de ver precisamente por eso. Porque ves el esfuerzo de Thatcher por encajar y, al mismo tiempo, ves que los demás parecen disfrutar comprobando que no conoce las reglas.
Y creo que esa escena explica muy bien que el estatus no es solo dinero.
De hecho, ni siquiera creo que exista "el estatus" . Hay muchos.
Está el económico, el cultural, el educativo, el profesional... Cada grupo tiene sus propios códigos y lo que para unos significa prestigio, para otros puede no significar absolutamente nada.
Hay una idea a la que llevo tiempo dándole vueltas.
Igual es una simplificación, pero cada vez tengo más la sensación de que cuanto más consolidado está un estatus, menos necesidad hay de demostrarlo.
Los códigos se vuelven casi invisibles.
Los entienden los que pertenecen al grupo y pasan desapercibidos para los demás.
En cambio, conforme el reconocimiento depende más de que te vea todo el mundo, los símbolos se vuelven cada vez más evidentes.
Más logos, extravagancias, necesidad de que quede claro.
Y por eso, a raíz de ese tuit de hoy sobre unas zapatillas de lujo, pensaba que probablemente impresionan mucho más a quien aspira a entrar en un determinado mundo que a quien ya está dentro.
Porque los símbolos visibles se pueden comprar.bLos códigos invisibles, no.
Y quizá por eso el lujo más antiguo —el de familias que llevan generaciones moviéndose en determinados círculos— muchas veces resulta casi aburrido visto desde fuera. No necesita llamar la atención. La mayoría ni aparecen en RRSS.
El reconocimiento ya lo tienen.
No digo que sea una ley universal. Hay muchísimas formas de vivir el estatus y seguro que hay excepciones.
Pero sí me parece un patrón interesante: muchas veces, cuanto más consolidada está la pertenencia a un grupo, menos necesidad hay de demostrarla.
Y quizá por eso el verdadero estatus no siempre es el que más se ve.
A veces es precisamente el que solo reconocen quienes comparten esos mismos códigos. Y hace que el que está fuera, se equivoque una y otra vez.
Hay una escena de The Crown que siempre me viene a la cabeza cuando se habla de estatus.
Es cuando Margaret Thatcher va por primera vez a Balmoral.
Ella intenta hacerlo todo bien. Al fin y al cabo es la primera ministra del Reino Unido. Lleva la ropa que considera adecuada, procura estar a la altura, intenta adaptarse...
Y, sin embargo, desde el minuto uno queda completamente fuera de lugar.
No porque le falte dinero ni poder.
Sino porque le faltan los códigos.
Nadie le explica cómo se viste uno allí para salir al campo, cuándo toca cambiarse de ropa, qué se espera de cada momento. Los demás lo saben porque han crecido con ello.Ella no.
Y lo más llamativo es que nadie tiene el menor interés en ayudarla.
No hace falta decirle: "Tú no eres de los nuestros." Basta con dejar que se equivoque una vez detrás de otra.
La escena resulta incómoda de ver precisamente por eso. Porque ves el esfuerzo de Thatcher por encajar y, al mismo tiempo, ves que los demás parecen disfrutar comprobando que no conoce las reglas.
Y creo que esa escena explica muy bien que el estatus no es solo dinero.
De hecho, ni siquiera creo que exista "el estatus" . Hay muchos.
Está el económico, el cultural, el educativo, el profesional... Cada grupo tiene sus propios códigos y lo que para unos significa prestigio, para otros puede no significar absolutamente nada.
Hay una idea a la que llevo tiempo dándole vueltas.
Igual es una simplificación, pero cada vez tengo más la sensación de que cuanto más consolidado está un estatus, menos necesidad hay de demostrarlo.
Los códigos se vuelven casi invisibles.
Los entienden los que pertenecen al grupo y pasan desapercibidos para los demás.
En cambio, conforme el reconocimiento depende más de que te vea todo el mundo, los símbolos se vuelven cada vez más evidentes.
Más logos, extravagancias, necesidad de que quede claro.
Y por eso, a raíz de ese tuit de hoy sobre unas zapatillas de lujo, pensaba que probablemente impresionan mucho más a quien aspira a entrar en un determinado mundo que a quien ya está dentro.
Porque los símbolos visibles se pueden comprar.bLos códigos invisibles, no.
Y quizá por eso el lujo más antiguo —el de familias que llevan generaciones moviéndose en determinados círculos— muchas veces resulta casi aburrido visto desde fuera. No necesita llamar la atención. La mayoría ni aparecen en RRSS.
El reconocimiento ya lo tienen.
No digo que sea una ley universal. Hay muchísimas formas de vivir el estatus y seguro que hay excepciones.
Pero sí me parece un patrón interesante: muchas veces, cuanto más consolidada está la pertenencia a un grupo, menos necesidad hay de demostrarla.
Y quizá por eso el verdadero estatus no siempre es el que más se ve.
A veces es precisamente el que solo reconocen quienes comparten esos mismos códigos. Y hace que el que está fuera, se equivoque una y otra vez.
Las bajas laborales, son bajas médicas, no absentismo.
El absentismo es faltar a tu trabajo sin justificación.
Y si millones de personas están de baja médica por motivos de salud mental, a los que hay que perseguir son a las empresas, no a los trabajadores.
Que añadan también LA DESBANDÁ para que los niños se enteren de los miles de muertos que dejó el fascismo en las costas andaluzas mientras ACRIBILLABAN A SUS FAMILIAS DESDE MAR, TIERRA Y AIRE CUANDO HUÍAN CON LO PUESTO A ALMERÍA.
Mi crítica a la ley trans no nace del rechazo hacia las personas trans. Creo firmemente que toda persona merece vivir con dignidad, respeto y libre de discriminación. Precisamente por eso considero importante poder debatir sobre una ley sin que cualquier discrepancia se interprete como un ataque a quienes se identifican como trans.
Como feminista, entiendo que la desigualdad que sufrimos las mujeres tiene su origen en nuestro sexo. Por eso me preocupa que las leyes sustituyan el criterio del sexo por el de la identidad de género en ámbitos donde el sexo sigue siendo relevante, como las políticas de igualdad, la recopilación de datos sobre violencia o discriminación, el deporte femenino o algunos espacios separados por sexo.
También me genera dudas que el cambio del sexo legal pueda realizarse únicamente mediante la autodeterminación. Creo que una modificación con efectos jurídicos tan amplios merece un debate sereno sobre sus posibles consecuencias, sin que eso implique cuestionar la identidad o la dignidad de nadie.
Reivindico el derecho a expresar estas preocupaciones sin ser etiquetada automáticamente como transfóbica o transexcluyente. Defender los derechos de las mujeres y pedir que las leyes tengan en cuenta la realidad material del sexo no significa negar derechos a las personas trans. Para mí, ambas cosas pueden y deben coexistir.
Aspiro a una sociedad donde nadie sea discriminado por ser quien es, pero también donde el debate público pueda desarrollarse con libertad, argumentos y respeto mutuo. Creo que el feminismo y la defensa de los derechos humanos no deberían enfrentarse, sino buscar soluciones que protejan a todas las personas sin invisibilizar las desigualdades específicas que afectan a las mujeres. @Barbijaputa