Cada vez que muere una Madre de Plaza de Mayo, se apaga una parte de la memoria viva de nuestro país. Se van sin haber recibido toda la justicia que merecían, y nos dejan la responsabilidad de no olvidar y seguir luchando por la verdad.
No hay nada que ame más de nuestro país que la necesidad imperiosa de tomar las calles.
Por la lucha, por la bronca, por el dolor, por el festejo, por lo que sea.
Pero siempre siempre tomar las calles y renacer en lo colectivo.
Y que los otros ardan.
A mí lo que sinceramente me parece fascinante es que sea un fenómeno tan imposible de ser globalizado, traducido a otras latitudes. Es nuestro. A nadie más le importa. Todo nuestro. Un tesoro enterrado en el fin del mundo.
Nunca nos subestimó. Nos habló en lunfardo de cosas complejas y con palabras pretenciosas contó secuencias de esquina. Hizo bailar a los filósofos y leer a los ladrones.
Hoy llora un pibe en la villa, una chica en la facultad, un laburante precarizado, un intelectual, un preso, una maestra, un desocupado, una ama de casa, un borracho y un ex ministro. Lo lloramos y sabemos que el asunto está ahora y para siempre en nuestras manos.
Eternos los laureles del movimiento de mujeres y el feminismo argentino. Gracias a todas las compañeras que ponen la cabeza y el cuerpo para cambiar el estado de cosas