Retírate de la misma forma en que llegaste: alegre, genuina, con buenas intenciones y en paz. Seguramente fuiste el golpe de suerte que jamás volverán a tener.
Cristo perdonó desde la cruz a los que nunca le pidieron perdón. Clavado, escupido, con los verdugos repartiéndose su ropa ahí abajo, dijo: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». No porque lo merecieran: porque su corazón se negó a ser gobernado por los que lo clavaron. Esa es la libertad que te ofrezco hoy de su parte. Y para recibirla necesitas tres cortes de bisturí, porque en esta materia las confusiones salen carísimas. Una: perdonar jamás significa declarar que no pasó nada; el perdón no consiste en provocarte una amnesia temporal, es asumir la injusticia y la pérdida con los ojos abiertos. Dos: perdonar no te obliga a volver a la mesa del que te vendió. Puedes perdonar y poner distancia. Puedes perdonar y jamás volver a confiar. El perdón es un acto entre tu corazón y Dios; la reconciliación es otro asunto, y requiere de dos. Y tres: el perdón de las heridas grandes rara vez es un evento; es un proceso por capas, y las capas que vienen de abuso o de violencia se trabajan acompañado de un profesional. Pedir esa ayuda también es perdonarte a ti.
#danielhabif
Un día, quizá sin darte cuenta, vas a entender algo.
Que tal vez esa vida que tanto querías… no era realmente tuya.
A lo mejor la deseabas porque otros la miraban con buenos ojos. Porque sonaba bien. Porque parecía segura. Correcta. Admirable.
Pero dentro de ti había otra cosa.
Una parte más callada, más honesta, que no pedía tanto aplauso. Pedía calma. Pedía verdad. Pedía poder respirar sin tener que demostrar nada.
Y cuando sueltes eso que creías que tenías que querer, no vas a estar perdiendo.
Vas a estar volviendo.
A una vida quizá más simple, sí… pero más cercana a ti.
Una vida donde no tengas que pedir permiso para sentirte en paz.