No existe tal cosa como el «placer culposo», existe el placer, inherente, dulce; que subyuga y alivia, una cárcel que libera. Pero la culpa es aprendida, es decir, enseñada.
«En Sumatra, un hombre quiere doctorarse de brujo. El examinador le pide que adivine si será reprobado o pasará. El hombre dice que será reprobado. Ya se presiente la infinita continuación…».
J.L.B.
Sin el ánimo de polarizar al país más de lo que ya está ni de generar más discusiones estériles que no nos conducen a nada, y respetando las diferentes opiniones, quiero reiterar mi posición: el ajiaco es superior al mondongo.
A Fajardo podrá criticársele todo lo que quiera, pero hay que reconocerle que ponerse jeans sin correa y con la camisa por dentro no debe ser algo fácil.
Otras elecciones presidenciales dejadas a merced de nuestra voluble emocionalidad y nuestra irresponsable y peligrosa falta de educación política y económica. ¿Para cuándo un algoritmo que elija mucho mejor que nosotros?