Cuando te das cuenta de que todo está carísimo y, aun así, Dios no ha permitido que te falte el alimento, un techo donde vivir ni que tus manos queden vacías.
Yo no envidio a nadie, tengo un hogar al que siempre puedo volver, unos papás y una familia que nunca me ha dejado sola, y que si voy perdiendo me hacen ganar.
Las mujeres que saben trabajar y amar de verdad, no se derriten por dinero, se derriten por respeto, cuidado, amor verdadero y responsabilidad afectiva.