Cuando Virgina Woolf dijo: “Hay una especie de tristeza que surge cuando se sabe demasiado, cuando se ve el mundo como realmente es” describió perfecto lo que significa crecer.
Genera más debate un grupo de personas con máscaras de animales que los crímenes impunes de la élite global depredadora, violadora, pedófila y caníbal. Y luego uno se pregunta el porqué del estado actual del mundo.
la delgada línea entre querer mantenerse informado y no querer saber nada del mundo ni de los poderosos ni de la organización social y política ni de las élites ni de la riqueza ni de geopolítica nunca más porque todo es asqueante
Nadie que exhorte o facilite el bombardeo de la tierra propia —o la ajena— merece ser laureado con un Premio Nobel de la Paz. Nadie que pisotee su propia dignidad con tanta facilidad —y por voluntad propia— merece admiración.
Soñé con tres arlequines sobre un escenario de cenizas.
El primero sostiene una soga.
El segundo, un revólver.
El tercero, un reloj de arena.
Los tres recitan un poema extraño, incognoscible.
Comprendo, entonces,
que ha llegado el día ineludible
de escoger mi castigo definitivo.
@Yosh_G Bella quizá, pero también hostil para ciudadanos y turistas. Poco a poco se está volviendo inhabitable. No hay transporte público seguro o eficiente (y por lo mismo el tráfico es terrible). No hay manejo adecuado de desechos sólidos. No hay muchos parques. Tiene escasez de agua.
El estado del mundo es sombrío: la persecución y satanización de los más vulnerables aquí. La guerra y el genocidio allá. El planeta entero está en llamas y los ricos y poderosos observan indiferentes. Y uno, en su tremenda nimiedad, se pregunta si denunciarlo es suficiente.
Trabajar para vivir. No vivir para trabajar. Parece simple pero es difícil en un mundo que nos exige la productividad absoluta siempre. El descanso y el ocio se vuelven, entonces, rebeldía y disidencia frente a un sistema que quiere arrebatarnos hasta la última gota de energía.
@Marteeka Qué dicha. Yo olvidé pedirlas antes de la cirugía y al terminar, cuando me pasó el efecto de la anestesia, me dijeron que ya las habían tirado. Me dió mucho pesar pero desistí de la idea.
Me extrajeron cuatro cordales. Cuatro piezas de calcio hechas por mi cuerpo para las que ya no había espacio en mi dentadura. Hoy, con todos los dolores y molestias postoperatorias, me pregunto si debí guardar alguna como recuerdo grotesco de mi adultez obligada y taciturna.