El 18 de diciembre de 1974 el joven de 21 años Mikel Salegi Urbieta volvía a su casa, en Donosti, después de una cena con amigos.
Al pasar por el barrio de Errekalde se saltaron un control de la Guardia Civil de forma involuntaria. Llovía a cántaros y no estaba señalizado, era imposible ver a los agentes parapetados y armados hasta los dientes.
Los criminales con tricornio no se lo pensaron dos veces y ametrallaron sin piedad el coche. Mikel recibió 18 disparos que le dejaron herido de muerte. Dejaron su cuerpo en el suelo y detuvieron al conductor, dedicándose a “lo importante”, recoger los casquillos. El resto de amigos de Mikel trataron de llevarlo al hospital, pero otro control, de la Policía Armada, les retuvo 10 minutos que habrían podido ser claves para salvarle la vida. Ingresó cadáver en el hospital.
El día del funeral se produjo otra salvajada. Una decena de fascistas se concentraron en la salida de la iglesia para golpear, impunemente y en connivencia con la policía, a todas aquellas personas que fueron a darle el último adiós al joven. Posteriormente vinieron las cargas policiales. Una joven sufrió un aborto a consecuencia de los golpes, un joven perdió un ojo a porrazos, y una señora murió de un infarto entre las correrizas y cargas. La policía detuvo a cerca de 100 personas.
El caso, como en ya demasiadas ocasiones, fue archivado. Otro asesinato impune de la ‘modélica y pacífica’ Transición. La familia lleva décadas intentando, sin suerte, que se haga justicia con Mikel.
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@RidaBak3@bertopeuve Jajajajaja como k pudiese, después d ver lo k pueden hacer los impresentables esos y con un palo todo el mundo es grande por experiencia acuérdate rida 😉
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