—¿Qué te duele?
—Nada —respondí— o quizás todo —me corregí—. Me duele la vida que vivo, el aire que respiro y el amanecer que contemplo. Me duele que ya nada me cause risa o que la amargura sea un lugar seguro para mí y mi corazón, en pocas palabras... Me duele todo, papá.
“Me cansé de obligarme a mi misma a ser fuerte. No era fuerte, no ese día, no en ese momento... Solo quería llorar y dejar de fingir que podía sanarme a mi misma”.
—Dale una oportunidad al amor —me dijo—. Pero no a ese amor que adora a ingratos, sino más bien a ese amor que se enfoca en ti y quiere verte valiente y sonriente, y no rota y llorosa.
—No hay dolor, amor y odio infinito —aseguró— En algún momento eso que te hizo herida dejará de doler, mientras crezcas sanarás y ya no amarás a las mismas personas y, con el tiempo, aprenderás que es más fácil olvidar que ser esclava del odio hacia personas que no valen la pena.
—Dicen que el que se enamora pierde, pero, amor mío, ya has de saber que soy un gran jugador y, así como disfruto ganar, también encuentro sumo placer en el perder y tener como castigo para la eternidad tu alma, tu mente y tu cuerpo.
—¿Qué te duele?
—Nada —respondí— o quizás todo —me corregí—. Me duele la vida que vivo, el aire que respiro y el amanecer que contemplo. Me duele que ya nada me cause risa o que la amargura sea un lugar seguro para mí y mi corazón, en pocas palabras... Me duele todo, papá.
«La vida me había enseñado muchas cosas y, una de ellas, quizás la más importante de todas, era jamás intentar arreglar lo que yo no había roto. No por egoísmo, si no más bien por precaución, ya que un corazón jodido, sin darse cuenta, podía destruir a un millón».
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