Dejen de pretender y normalizar que las mujeres tengamos que hacer una declaración jurada con 2 testigos para poder salir a comprar pan a la esquina sin ser acosadas.
Tenemos derecho a vivir y a habitar espacios sin que nuestra integridad esté en riesgo.
Agostina tenía 14 años. Las cientos que murieron este año también tenían vida y sueños. El machismo termina en femicidio pero empieza en lo más chiquito. Incendiemos 4 pueblos. #NiUnaMenos
Hay un fenotipo defectuoso al que no le gusta que los impuestos de los pobres financien la educación superior, pero no tienen ningún problema en que financien regímenes impositivos de privilegio, viajes innecesarios y cualquier tipo de consumo suntuoso.
Cristina Peri Rossi dice que, “el amor es antieconómico, inflacionario”.
Porque el amor no es cálculo, ni equilibrio, no es medida justa. Se desborda, se excede, no cierra, se da sin garantía.
OPERACIÓN FALSA.
El proyecto de “falsas denuncias” de la senadora Carolina Losada que propone penalizar a quienes denunciaran “falsamente” por haber sido víctimas o testigos de violencia sexual —y de género en general— con penas de 3 a 6 años de prisión, que se aprobó en comisiones del Senado, no busca actuar sobre ningún vacío legal. Mienten.
Y esto no solo porque la falsa denuncia ya está tipificada en el Código Penal argentino, sino porque los datos muestran que el sistema judicial no está saturado de denuncias falsas, sino -por el contrario- que estas representan alrededor del 0,25% de las condenas penales y, en su mayoría, se vinculan a delitos económicos, no a violencia de género.
Además, el proyecto ignora el enorme subregistro que atraviesa a ese sistema judicial: hoy, a 10 años del primer Ni Una Menos, solo 1 de cada 4 mujeres denuncia violencia de género y, en casos de violencia sexual, la cifra desciende hasta el 10% (según datos de ELA).
De fondo, la intención es construir una respuesta punitiva que no se corresponde con la evidencia, sino con una operación política: reinstalar la sospecha sobre quienes se animan a denunciar, profundizando el negacionismo de género para amedrentar a las víctimas y silenciarlas.
En ese marco, se reactivan figuras intencionalmente construidas, como la “mala víctima”, la “madre manipuladora” o el interés económico, junto con el uso del llamado Síndrome de Alienación Parental (SAP), una construcción sin respaldo científico que invierte la carga de la prueba, y campañas de desprestigio que presentan las denuncias como operaciones destinadas a dañar la imagen de los acusados.
Al mismo tiempo, se desconoce un punto central del funcionamiento del sistema penal: la falta de condena no equivale a falsedad de la denuncia. Muchas causas no prosperan por dificultades probatorias propias de delitos que ocurren en la intimidad y en contextos de desigualdad. El informe técnico de ELA, CELS, INECIP, Amnistía Internacional y Ni Una Menos advierte que esta reforma introduce un efecto concreto: desalentar la denuncia, al ampliar el riesgo penal sobre denunciantes, testigos y profesionales en un sistema ya atravesado por barreras estructurales.
El proyecto consolida un escenario de silenciamiento y se articula con el recorte de políticas de género y la negación de la violencia estructural, y produce un resultado previsible: menos denuncias y más impunidad.
Por eso, lo rechazamos de plano y apostamos a la fuerza organizada y a la lucha persistente del movimiento de mujeres.
EL “TRABAJO NO REMUNERADO” DENTRO DEL HOGAR NO EXISTE
En los últimos días, vengo escuchando a distintas personas hablar sobre la disparidad de salarios entre hombres y mujeres. De todo lo que se dice, lo que más me llama la atención es la insistencia de la idea de que las mujeres somos explotadas por realizar “trabajo en el hogar no remunerado”. Es decir, que nuestras tareas en el hogar, en general vinculadas al cuidado de personas, no reciben una recompensa económica equivalente al esfuerzo y al tiempo que les dedicamos.
El concepto es muy delicado para la vida en pareja porque convierte el vínculo entre personas en una transacción de servicios con valor económico que nunca estuvo en el acuerdo original. Así, la dinámica en la casa pasa a verse como un trabajo que requiere una paga, con alcances y “contraprestaciones” que nadie más puede fijar ni hacer cumplir, porque en la vida íntima no hay terceras partes.
Tenemos que estar advertidas que sostener que la vida en nuestra propia casa implica el reconocimiento económico es una infección de la ideología de género en el hogar.
Una vida así solo alienta la sospecha, el resentimiento y el rencor en la pareja. Pero, además, altera el sentido mismo de las acciones. Bañar a los hijos o leerles un cuento pasa a ser una acción monetizable, sacar la basura, colgar la ropa, resolver la comida, son “tokens” que la otra parte tendría que pagar. Es un modelo infernal.
La sindicalización de la vida cotidiana que contiene la idea de trabajo no remunerado, seguro que no traerá plata, pero si desdicha.