Si algo le pido a la vida es dominar el arte de decir que no. Y decirlo siempre con respeto: no puedo, no quiero, no sé, en este momento no estoy disponible, no me hace feliz. Y hacerlo sin culpa, sin miedo, cerrando los ojos y durmiendo en paz.
Hablar de violencia contra las mujeres es hablar de un entramado que atraviesa el cuerpo, la vida cotidiana y las formas en que se nos permite, o no, existir.
La violencia no empieza en el golpe, se trama mucho antes.
En lo que se normaliza,
en lo que se excusa,
en lo que se calla para sostener lo insoportable.
Violencia es también el miedo que no descansa.
La hiperalerta que se vuelve hábito.
Las renuncias hechas para sobrevivir.
Las amenazas veladas.
Los celos disfrazados de cuidado.
Lo económico usado como control.
Lo sexual demandado como deuda.
Y están los cuerpos exigidos, corregidos, evaluados.
La belleza como mandato, frontera y castigo, que decide quién merece ser escuchada, deseada, respetada.
Nada de esto nace en lo individual.
Son estructuras, discursos y prácticas que se heredan, que marcan la subjetividad, el deseo, el cuerpo y la vida.
Por eso es urgente nombrar.
Nombrar como acto político.
Nombrar para abrir ese espacio que la violencia intenta cerrar.
Nombrar para decir que no es “lo normal” ni “lo que toca”.
No hay reparación posible sin reconocimiento.
25N