Quizás la felicidad no sea tenerlo todo, sino esos pequeños momentos en los que te olvidas de absolutamente todo, sonríes sin esfuerzo y sientes que, por un instante, todo está en paz.
Soy tan transparente que se me nota todo, cuando me quiero ir de un lugar, cuando alguien me cae mal, cuando estoy triste, juro que es algo que no lo puedo evitar.
Cuando lloro por el estrés, pero se convierte en lloro por mi familia, lloro por mis errores del pasado, lloro por cosas que no puedo controlar, lloro por no saber si estoy haciendo las cosas bien, lloro por cosas que pasan en mi vida.
Soy el tipo de mujer que atraviesa sus días más difíciles en silencio. No me quejo mucho, no siempre pido ayuda y rara vez me desahogo. Cargo con mi propio peso y siempre voy por la vida con la mentalidad de “yo veré cómo lo resuelvo”
“lo manejaste muy bien”. No, no lo hice. Enloquecí, perdí mi chispa, lloré en silencio; me rompí a solas y llevé una sonrisa que mentía mejor que cualquier máscara. No lo manejé, lo sobreviví porque no tenía otra opción
y al final te das cuenta de que no se trata de quien te dice que te quiere, si no de quien te hace sentir: vista, apreciada, apoyada, comprendida, escuchada y amada
Estoy muy feliz de no tener que mantener una
imagen falsa, lo que ves es lo que hay; algunos días soy increíble, otros soy un desastre, pero todos los días soy yo.