Y por una vez, me permito no saberlo. Me permito habitar la pregunta sin obligarme a contestarla.
Tal vez no todo lo que sentimos necesita un nombre para ser verdadero.
Hoy fue viernes, y me sentí extraño.
No pasó nada. Conviene decirlo así, sin dramatismos: no pasó nada. Nadie me hirió, ningún caso se torció, ningún reproche cayó sobre mí. Fue un día común, de esos que no traen nombre ni acontecimiento.
No tiene nombre todavía. Quizás sea nostalgia. Quizás cansancio. Quizás la mezcla extraña de orgullo y vértigo de quien está a punto de cerrar una puerta que le costó tanto cruzar. No lo sé.