“Ya ha aprendido que los helados se caen. No necesito enseñarle además que un error de dos segundos tiene que arruinarle la tarde”.
Compró otro, se lo dio y el niño volvió corriendo a jugar. Me quedé pensando en la cantidad de veces que los adultos convertimos cualquier pequeño error de un niño en una supuesta “lección de vida”. A veces educar no es conseguir que cada fallo duela lo suficiente para que no se repita. A veces también es enseñar que puedes equivocarte, solucionarlo y seguir disfrutando del día.
Mi lenguaje de amor es simple: si me dices que te gusta algo, lo recuerdo. Y un día sin avisar, te lo daré. No para impresionarte, sino para demostrarte que te escuche.