Me maman las morras que te presumen a su novio extranjero como si fuera un perro de raza. Amiga, tu novio estaba hasta el fondo de la cadena alimenticia en su país y por eso acabó contigo.
Hace algunos años, cuando acabábamos de tomar posesión de nuestra nueva casa, adquirimos cierto artefacto moderno que arroja agua con tanto brío que limpia una piedra mejor que cien años de lluvia. Quedamos mi esposo y yo tan prendados de la máquina que pasamos tardes enteras buscando suciedades sobre las cuales ejercitar sus virtudes.
Hallábase el suelo del patio de entrada cubierto de una costra tan antigua que parecía proceder de fecha anterior a las dificultades cervicales de la nobleza francesa, allá por mil setecientos ochenta y pocos.
Celebrábamos una tarde nuestra condición de propietarios recientes con una botella de borgoña tan buena que no tardó en parecernos excelente. Acabamos con ella y descendimos a la bodega para verificar si otra botella ofrecía iguales virtudes. Ofrecíalas. Hubo nuevas comprobaciones. Las vástagas andaban ausentes y nuestro contento aumentaba con cada botella, mientras el juicio emprendía discretamente la retirada.
Sucedió entonces que el esposo comenzó a trazar sobre las losas ciertas líneas cuya intención se me escapó al principio. Mas cuando aparecieron dos gónadas de respetable tamaño comprendí perfectamente los propósitos del autor. Lejos de corregir tan lamentable desviación, tomé la lanza y procedí a enriquecerla con nuevas aportaciones.
Porque una cosa es la necedad y otra hacer las cosas a medias.
Y así proseguimos la labor, acometidos de tales ataques de risa que apenas acertábamos a sostener la lanza, persuadidos además de hallarnos produciendo una obra de extraordinario mérito.
No afirmaré que el resultado fuese perfecto, porque dibujar un carajo con agua a presión presenta dificultades técnicas que rara vez se mencionan. Diré solamente que nadie habría podido confundirlo con un molino.
Mas quiso la fortuna castigarnos por nuestra majadería.
Esperábamos aquella tarde a la señora Eusebia, mi augusta suegra, aunque varias horas más tarde. Pero la mujer decidió adelantarse. Llegó acompañada de dos amigas de toda respetabilidad y penetró en la finca sin que ninguno de nosotros la oyese, porque el estruendo del artefacto era considerable y porque toda nuestra atención se hallaba puesta en cierta empresa de dudoso provecho y aún más dudosa necesidad.
Nunca olvidaré aquella visión.
Las tres damas caminaban con la tranquilidad propia de quienes esperan visitar una casa respetable. El esposo y yo contemplábamos alternativamente a las visitantes y al gigantesco nabo que ocupaba buena parte de la entrada. Y mientras ellas se acercaban, iba pareciéndonos que la criatura crecía por momentos, como si hubiese decidido recibir personalmente a las honorables visitantes.
Qué pensaron aquellas damas no sabría decirlo. Qué pensó la señora Eusebia tampoco. Sólo sé que el esposo y yo, que una hora antes nos teníamos por personas cabales, nos hallamos de pronto ante tres inquisidoras en pleno ejercicio de sus funciones.
Si alguna vez he necesitado prueba de que la prosperidad, el vino y el ocio forman alianza peligrosa, ninguna me ha parecido tan concluyente como aquella prescindible tarde.