En 20 años, el país ha perdido 4,5 millones de hectáreas de bosque. Con ellas, anfibios, mamíferos y plantas únicas se acercan a la extinción | Ángela Gabriela Villamizar Acevedo @PlazaCapital
https://t.co/x9tLtm7Tk2
Esta segunda vuelta no es entre dos candidatos. Es entre dos países.
Uno que defiende el agua, los derechos conquistados y la vida. Otro que los entrega al fracking, al privilegio y a la mafia.
No hay punto medio. Hay futuro o hay retroceso.
#NiUnPasoAtrás
🌿🌊 El #CaribeColombiano en foco
Ya está disponible la nueva edición del #ReporteBIO de @inst_humboldt, con un análisis clave sobre el estado y las tendencias de la biodiversidad en Colombia 2024.
🔗 Consúltelo aquí: https://t.co/oCN6IDyYzo
¡El @MinAmbienteCo ha gobernado de la mano de la mejor ciencia disponible!
El debate es bienvenido. Pero el odio jamás será el camino. No es admisible que se silencie ni se amedrente a quienes defienden nuestro patrimonio ambiental.
Hago un llamado a proteger a quienes hoy pueden estar en riesgo por defender el criterio técnico y el conocimiento científico.
@andreanimalidad@IreneVelezT Eres una líder de alto reconocimiento, pero en esta ocasión tu postura es equivocada. Bien por @IreneVelezT que hoy protege la fauna silvestre y da una solución a una especie invasora salida de control.
¡Primero lo nuestro! Esto no son perros, ni gatos domésticos.
La cifra total de seres humanos que han existido
Hay ideas que sólo pueden entenderse cuando las reducimos a algo que podamos sostener entre los dedos. Un grano de arena, por ejemplo. Inútil, mínimo, casi ridículo. Y sin embargo, en la escala adecuada, un puñado de arena puede contar la historia entera de nuestra especie.
Imagina un reloj de arena gigantesco. En la parte superior resuena la vida: cada grano simboliza diez millones de personas recién llegadas al mundo. Catorce granos caen cada año: ciento cuarenta millones de nacimientos que entran al reloj con la misma inevitabilidad que la marea. Y ahí, suspendidos en un instante que creemos eterno, estamos nosotros: casi ocho mil millones de vidas comprimidas en un pequeño cúmulo verde. Es la humanidad viva, temblando aún con la ilusión de ser la protagonista de todo.
Pero la gravedad es una ley que no negocia. Seis granos caen hacia abajo cada año: sesenta millones de muertes empujadas por el simple y honesto desgaste de existir. Los granos rojos se acumulan en la parte inferior, donde duerme una multitud silenciosa. Allí están las huellas de aproximadamente 109 mil millones de personas que vivieron, respiraron, amaron y desaparecieron. Más de diez mil granos de arena apilados en la base del reloj. Una cordillera de cuerpos que alguna vez tuvieron un nombre.
La mitad de ellos vivió en los últimos dos mil años. El tiempo profundo no siempre es tan profundo como parece. En algún lugar de ese mar rojo está también el cadáver de Sócrates, que cayó al reloj siglos atrás, y la avalancha de niños que no sobrevivieron a las primeras civilizaciones. Más abajo aún, mezclados con el polvo de la primera agricultura, reposan los nueve mil millones de humanos que poblaron el mundo antes de que alguien sembrara un campo.
Cuando uno observa el reloj completo, deja de ser sólo un diagrama. Se vuelve una lección biológica, dura y hermosa: somos apenas un grano que cae, una estadística que se desliza, una respiración fugaz entre una multitud de muertos. Y esa fragilidad, comprendida a tiempo, no debería entristecernos. Debería despertarnos.
Porque, al final, la arena sigue cayendo. Y cada uno de nosotros —con nuestros errores, preguntas y pequeñas victorias— es apenas un instante luminoso en el largo experimento de la vida humana.