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Las bebidas azucaradas son una amenaza real para la salud pública.
Comparto algunos datos que deberían formar parte de una reflexión pública mucho más amplia sobre salud, alimentación, deporte y responsabilidad corporativa.
De acuerdo con un estudio publicado en Nature Medicine, que estimó los casos de diabetes tipo 2 y enfermedades cardiovasculares atribuibles al consumo de bebidas azucaradas en 184 países, en #México se registran cada año alrededor de 230 mil nuevos casos asociados a este tipo de productos.
Al analizar información de mercado de Euromonitor correspondiente a varios años, encontramos que Coca-Cola y sus marcas concentran cerca del 60 % del mercado nacional de bebidas azucaradas. Bajo una estimación conservadora, esto implicaría que esta empresa podría estar asociada a más de 115 mil nuevos casos anuales de diabetes y enfermedades cardiovasculares en nuestro país.
Estos datos obligan a plantear una pregunta legítima: ¿cómo conciliar que empresas cuyos productos están vinculados a graves problemas de salud pública se presenten simultáneamente como promotoras del deporte, la vida saludable y eventos de alcance global como el #Mundial2026?
Y, al mismo tiempo, surge una interrogante igualmente importante: ¿cuál debe ser el papel de los organismos multilaterales que afirman velar por el bienestar humano, así como de los Estados y gobiernos nacionales, frente al enorme poder económico y publicitario de estas corporaciones? Resulta indispensable reflexionar sobre la responsabilidad de las instituciones públicas para regular prácticas que contribuyen al deterioro de la salud colectiva, particularmente en países donde persisten condiciones de pobreza, desigualdad y limitado acceso a información nutricional de calidad.
Con frecuencia, las comunidades más vulnerables y alejadas son objeto de campañas publicitarias engañosas, ocultando sus efectos sobre la salud. Las consecuencias trascienden el ámbito sanitario: impactan la cultura alimentaria, generan contaminación ambiental, debilitan prácticas tradicionales de alimentación y profundizan problemáticas que afectan especialmente a niñas, niños y jóvenes.
No se trata de negar la importancia del deporte o de eventos de esta magnitud, sino de abrir una discusión honesta sobre las contradicciones que existen entre ciertos modelos de patrocinio y los enormes costos humanos, sociales y económicos que generan las enfermedades asociadas al consumo excesivo de bebidas ultraprocesadas y azucaradas.
La salud de nuestras niñas, niños, jóvenes y comunidades debe permanecer en el centro del debate. La mejor “cancha” para el bienestar colectivo sigue siendo la prevención, la información basada en evidencia científica y la construcción de entornos alimentarios más saludables para todas y todos.