No levanta los ojos del rostro pálido de Lady Elowen, pero consigue escuchar la voz de Elysse retumbar en el salón. Es eso, y no el gorgoteo del vino cerrando su garganta; sin girarse, Yllhuna se permite un suspiro de alivio.
cuerpos que se acumulaban bajo las llamas. Su mirada pujó por rebasar las fronteras de su único ojo. “¿Martyn?”, parecían gritar sus nudillos blancos, tanto como la falda que aferraban.
Veneno en la corte. Otra vez no.
Al final fue ella la que tiró del brazo de su marido, para obligarlo a moverse tras ese segundo en el que el salón pareció detenerse en un retrato.
—¿Lady Arryn? —fue su anuncio, antes de correr hacia ella.
@SEASW0RN Asintió entonces, una educada reverencia, aunque después entrelazó su brazo con el de su marido en una súplica silenciosa: "tira de mí, sácame de aquí si es necesario".
—No sois ninguna molestia, Lady Mallister.
Apareciendo Elysse tan claramente recién salida de las Tierras de los Ríos por el azul de su traje y las ondas de su cabello, Yllhuna tan solo puede mirarla un par de segundos, antes de apartarse.
@SEASW0RN Yllhuna necesitó tomar un suspiro de su parte para evitar temblar al ver a su hermana acercarse hacia ella. Se giró hacia su derecha, donde Goren parecía mirar en la misma dirección que ella, y no se volvió hacia Elysse hasta que fue innegable que la mujer se dirigía a ella.
Goren nota la breve mirada, la intención de evitar a la persona que despierta en su esposa sentimientos encontrados. No dice nada, sabe muy bien el porqué y no la cuestiona. Pero aprieta un poco el brazo de ella en un gesto que espera le transmita su apoyo.
Lady Greyjoy se mira a sí misma, y después a los vestidos de todas las damas que las rodean. Las Islas podían ser su propio mundo, si uno se guiaba por peinados y siluetas.
recordaba a Aethan cuando era chiquillo, heredero demasiado pronto, encogido y erguido al mismo tiempo.
—Vuestra hermana estaba hermosa anoche en la justa, mi señor.
[ @greyarrxw ]
El muchacho había aprendido a llevar el peso de su papel en la seriedad de su rostro con una naturalidad suficiente como para engañar a cualquiera que no mirase demasiado, pero la tensión de sus hombros todavía parecía ser sostenida con esfuerzo y dolores. Aún