Nos excita ser comprendidos solo por los más íntimos. Y cuando al amar vamos explorando un cuerpo aún desconocido, creamos, dando nombre a sus rincones, una cartografía física cuyos topónimos nadie más pronunciará.
— Irene Vallejo.
Enamorarse reaviva la alegría infantil de inventar palabras, un Génesis verbal. Forjamos frases que evocan un recuerdo compartido, sobreentendidos, expresiones corrientes con sentidos ocultos. Ideamos apodos, claves imposibles de entender fuera del círculo mágico.
Si toda época decide qué convierte en monstruo, no me sorprendería que la nuestra terminara igual, persiguiendo al soñador delirante. Después de todo, el mundo de los sueños sigue siendo uno de los pocos territorios que escapan a la administración permanente de la conciencia.
Esto me hizo pensar que no hace falta que nos prohíban soñar cuando basta con mantenernos permanentemente distraídos con scrolls infinitos, hiperestimulación y la atención tan fragmentada que apenas deja espacio para nuestros propios pensamientos.
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Nos equivocamos en poner más énfasis en definir, delimitar, etiquetar, o entender la relación que en entender a la persona. Y lo importante son las personas, con ellas tienes esa relación.
A nadie le resulta fácil decir "oye, me he montado esta película mental y me gustaría comprobar si está basada en hechos reales". Pero para mí, a nivel personal, es la única forma de cultivar algo genuino de verdad. Una amistad, un amor o un vínculo familiar.
A veces tenía que escaparme de casa, otras buscaba excusas para justificar que estaría fuera dos días. No podía decirle a mi madre que con 17 años iba a viajar a otra ciudad para tocar con la banda. Fue imprudente, lo admito, pero también fue una de las mejores épocas que viví.