Y ahí está la diferencia:
los famas quieren vencer la soledad.
los cronopios prefieren habitarla hasta que llegue alguien
y, sin decirlo, la vuelva menos.
En la república minúscula de las cosas que nadie firma, la soledad no es un estado civil ni una tristeza con horario; es más bien un animal doméstico que se te sube a los hombros cuando cierras la puerta y te acompaña por la casa como si fuera tu sombra con hambre.
Se afloja con una silla al lado, con alguien que aparece, con un “estoy” dicho a tiempo. Y cuando eso pasa, la soledad deja de ser esa habitación vacía que te mira feo, y se vuelve un pasillo silencioso por donde, de vez en cuando, cruza una risa.