La Tierra gira, hoy, menos veloz
(en ciertas cosas, el diablo siempre es neutral)
Pasará, ya pasará, este espejismo pasará
Cerrás los ojos y ves la boutique del rock
y sus jugadas que siguen saliendo bien
Lo mejor de nuestra piel, es que no nos deja huir
Indio Solari 1949-2026
Qué decir.
Conocí al Indio en 1984. Fui a hacerle una entrevista a Los Redondos (también estaban Skay y la Negra Poli) para El Porteño. Enrique Symns me había hecho el contacto. Era un sábado a eso de las 7 de la tarde. Llegué y la negra Poli me preguntó si prefería fernet puro o cerveza con vodka, los únicos alcoholes que tenían en el departamento.
Así comenzó una amistad que duró unos 6 años (se distanció cuando pasaron a los estadios y la fama absoluta y yo ya no pude seguirles el paso por esa locura; aunque lo vi al Indio a comienzos de este siglo en el Centro porteño, de casualidad -iba muy camuflado pero lo reconocí, lo llamé y nos fuimos a tomar un café- y también vi a Poli y Skay varias veces en Palermo y ellos están igual que en mi recuerdo de hace 40 años).
Esa entrevista (que apareció en el número de diciembre de 1984 en El Porteño) terminó antes de una hora, pero nos quedamos charlando hasta las 8 o 9 de la mañana del domingo. Desde entonces y por varios años nos vimos con mucha frecuencia. Me subí a la camioneta con la que íbamos a los recitales de los amigos (por ejemplo, a ver al pelado Luca en algún show de Sumo).
En 1987 y 1988 llevé a Symns a Fin de Siglo y el Indio venía seguido a la redacción (Vera Land lo entrevistó ahí alguna vez, también escribió una columna, le gustaba lo que hacía El Monstro Punk en la revista).
Los Redonditos de Ricota fueron desde el comienzo una familia "mafiosa" (en el sentido cariñoso, sí, cariñoso del término). Uno entraba ahí y ya era parte de una cofradía, era un mundo que te integraba y te abrazaba y te enloquecía y te enriquecía.
Fueron 6 años vertiginosos de mi vida. Recién pude comprender algo de lo que había pasado ahí cuando me bajé de la furgoneta y miré desde afuera: a pesar de la lucidez descarnada había esperanza. Fue hermoso (mientras duró).
El Indio hablaba como escribía. No es que cada frase fuera como las letras de sus canciones, pero sí que esas frases cotidianas tenían el fraseo, el ritmo de sus poemas. Los neologismos en los que ensamblaba partes del inglés con el castellano estaban en su habla cotidiana, en cada ocurrencia.
El Indio era cariñoso y sonreía. El Indio que yo conocí era esencialmente un hombre bueno, muy dado a sus amigos.
El Indio era un hijo de la educación pública, de las instituciones del siglo XX (su padre había sido jefe de correos en La Plata). Criado en una casa de clase media con los libros que tenían la clase media a mitad del siglo XX y con los sueños de un joven rebelde de los 60: los beatnik (ante todo Kerouac y Burroughs, pero en poesía Ginsberg) y Rimbaud, el eterno joven de la poesía infinita.
Vamos a brillar Indio.
Al menos entre mis lágrimas te veo brillando. Sonriendo feliz de haber transitado el arduo camino a la nada.
Mary Beard, en "SPQR Una historia de Roma", demuestra que la verdadera ventaja de los romanos sobre los demás pueblos en la misma época fue que se eran una ciudad que acogía como un hermano al extranjero.
Cualquiera que buscase refugio o hubiera sido expulsado de su comunidad era bienvenido en Roma. Y eso fue así desde que el origen mitológico. Rómulo y Remo son dos huérfanos abandonados que amamanta la loba capitolina y que deciden fundar una ciudad en la que vivirán todos aquellos que quieran vivir allí.
Así se construyó Roma y así creció y floreció: como la ciudad de acogida al perseguido, al extranjero, al distinto.
Esta forma de pensar era absolutamente contraria a la manera en que pensaban las ciudades y pueblos de la antigüedad. Para un ateniense, por ejemplo, el mayor castigo -incluso peor que la muerte- era el ostracismo: ser expulsado de su ciudad y tener que ir a vivir a otra ciudad como extranjero. Ser extranjero en la antigüedad era una desventaja enorme. No solo se carecía de casi todos los derechos sino que se era discriminado negativamente en casi todo.
Roma fue totalmente diferente en este sentido. Y eso, sin haberlo buscado, le dio la gran ventaja militar que la fue construyendo como la principal potencia mediterránea durante un milenio.
Mientras todas las demás ciudades, aunque ganaran las batallas, siempre quedaban debilitadas por los hombres que habían perdido en combate (la mortalidad en las batallas antiguas era enorme), Roma, tras cada batalla, ofrecía a los hombres derrotados que mejor habían combatido ingresar a sus filas y pasar a ser romanos luego de un servicio militar que duraba bastante tiempo pero que le garantizaba al retiro una parcela de tierra y la ciudadanía.
Tras cada batalla (lo que en la Antigüedad era algo constante, cada pueblo vivía guerreando contra sus vecinos), Roma era cada vez más poderosa porque terminaba teniendo siempre un ejército más grande, más hombres jóvenes y fuertes capaces de luchar y de reponer a los caídos.
Eso, que comenzó en la época nebulosa de la fundación de Roma (siglo VIII aC) no se abandonó jamás. Es más, el Imperio Romano fue el más cosmopolita de la historia de todos los pueblos. En 212, Caracalla -que había sido tan brutal y despótico en casi todo, en este punto fue un continuador admirable de la idea romana de que cualquiera podía integrarse a su sociedad- y le concedió la ciudadanía romana a todos los hombres libres que vivieran en las fronteras del imperio. A partir de entonces y hasta el fin del imperio, todos los hombres que habitaban de Persia a Portugal y del Sahara a Gran Bretaña fueron ciudadanos romanos y tuvieron los derechos y deberes que tenían los romanos.
Todos los imperios formales (desde el de Gengis Khan en Asia y el musulmán que abarcó tres continentes al inglés o español en la modernidad europea) tienden a ser cosmopolitas e integrar más o menos a ciudadanos de todas las nacionalidades. En su época de esplendor (1890-1999) EEUU repitió, mal que bien, la idea imperial romana de que todos los hombres del mundo podían ser ciudadanos del país imperial.
Ahora, en su decadencia, lucha contra la integración de los extranjeros no ricos a su sociedad. Una sociedad que está conformada por hijos o nietos de extranjeros ha dejado de tolerar a los extranjeros y denuncia a Europa por seguir tolerándolos (y, aun peor, financia y alienta a los grupos neonazis que militan contra la aceptación de los inmigrantes en Europa, que sin natalidad propia tan necesitada está de que lleguen nuevas vidas jóvenes a hacer el trabajo que los ancianos europeos ni pueden ni quieren realizar).
Esto que está pasando en EEUU y que todas las personas con mentalidad neonazi (por lo general hijas o nietas de inmigrantes, pero lo han olvidado o han inventado la fantasía de que sus abuelos eran "los inmigrantes buenos") es un signo claro de decadencia.
Cuando los imperios decaen, cuando los países que fueron prósperos decaen, cuando las sociedades que generaban futuro decaen el primer signo de esa decadencia es que se cierran ante el terror de ser invadidas por el extranjero.
En el Imperio Romano no existía nada parecido al racismo moderno. Gran parte de los esclavos eran rubios, altos y de ojos azules porque provenían de las tribus bárbaras de Germania, que no se sometían al Imperio. No solo de allí provenían los esclavos. Los había asiáticos, británicos, íberos de la actual España, negros de África y de todas partes. Pero una parte importante, quizá la mayoritaria, eran rubios germanos.
Y no pocos miembros de las clases dominantes en las provincias eran de piel oscura y origen africano, provenientes de pueblos que se habían integrado a Roma mucho antes incluso de que se constituyese el Imperio.
Una de las causas de la decadencia de Roma (fueron varias y aun se discute cuál fue la principal) fue su imposibilidad de sostener el ejército sin caer en la hiperinflación. Es lo que vemos hoy que le pasa a EEUU con su déficit de más de 30 billones de dólares, que crece a ritmo brutal cada día para sostener un ejército de intervención constante: en menos de 40 días Trump gastó casi 50.000.000.000 de dólares en misiles y ejercicios militares que consumieron casi la mitad del armamento estratégico de EEUU. Una guerra similar que durase varios meses llevaría a EEUU a la inflación descontrolada y una nueva guerra al estilo de lo que fue Vietnam posiblemente lo destruiría.
Los imperios nacen, crecen y mueren. Hoy estamos viendo la decadencia de EEUU, que puede ser bastante larga, pero que no parece detenerse. Y uno de los rasgos que mejor lo muestra es la actual intolerancia de la clase dominante norteamericana y de todos sus amigos en el planeta respecto de los inmigrantes.