Consejero de literatura área creación de Barrios Unidos. Escritor agropecuario de fantasía y librero de rarezas. Explorador de misterios. Ecowatcher. Cyborg de la Castellana. Cazador de vampiros.
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Una de las cosas más atroces que hemos tenido que leer sobre Miguel Uribe es que le endilguen una frase desafortunada sobre la señora Rosa Elvira Cely que él nunca profirió (de hecho, lo hizo fue una abogada que trabajaba en su área y sin su consentimiento) https://t.co/NqOHfIkEQJ
Soy tan caspa que hoy hice reír a un cura.
Se acababa de bajar un vendedor ambulante, de esos que regañan a todo el mundo porque no saludan, y cuando entró el sacerdote dije: este sí de verdad es el profesional del sermón, no un simple aficionado.
El curita reía con esa risa nerd como cuando uno se echa un chiste de Star Wars en una convención cómic.
Las creencias son para ponerlas a prueba no para recibir balas por ellas. Lo mismo que Bourdain, yo moriría de aburrimiento en un lugar en donde todos piensen que tengo razón.
La última vez que el presidente Petro se pronunció sobre el atentado a Miguel Uribe, se gastó 30 minutos hablado de él mismo.
Llamó a Miguel: "hijo de una árabe"; se despidió en otro idioma y dijo que él era un dialéctico seguidor de Hegel.
Esta vez, prefiero que se calle.
En el sueño, el estadio y sus alrededores funcionan como el escenario ritual donde emerge la Sombra colectiva. Los hinchas no aparecen como simples personas, sino como caras de crímenes, diablos, desarrapados con insignias en la cara —símbolos cargados de lo marginal, lo excluido y lo temido. En términos jungianos, no son individuos, sino proyecciones masivas de lo reprimido: violencia, adicción, tribalismo, pulsión de muerte.
El hecho de que el narrador se recueste como un niño sobre las piernas de su pareja introduce un contrapunto: la regresión al arquetipo materno en busca de protección. El yo consciente, superado por la intensidad de lo que percibe, se repliega hacia un estado infantil para contener la ansiedad que provoca la visión del río de monstruos.
La frase “ya he visto la muerte como diez veces” es crucial. Indica que el soñador ya ha atravesado repetidos encuentros con la finitud y la amenaza. Pero aquí la muerte no es un individuo ni un suceso: es un flujo incesante de rostros deshumanizados, como si la psique advirtiera que la verdadera aniquilación no es física, sino la pérdida de la empatía en la masa.
La pareja en el sueño representa la última zona segura dentro de un paisaje psíquico contaminado por lo caótico. Y el estadio —en vez de lugar de juego— es anfiteatro del inframundo, donde la Sombra colectiva desfila, consciente de que intimida.
Es tanto mi trauma con los hinchas que anoche soñé que por algún motivo estaba cerca al estadio junto mi pareja y pasaban unas caras de crímenes y eran como diablos que sentían el miedo, te miraban fijamente y unos desarrapados, con sus insignias en la cara, con rostros de consumo de base, te amenazaban directamente. Le dije a ella: ni sé qué hacemos acá pero ya he visto la muerte como diez veces. Me recostaba a sus piernas como un niño mientras ambos veíamos ese río de monstruos fanatizado
En el panorama latinoamericano, Luis Cermeño se parece a varios autores que, como él, mezclan lo popular, lo rural y lo fantástico con ciencia ficción o terror, pero cada uno con su propio acento.
Te doy algunos paralelos:
Yoss (José Miguel Sánchez, Cuba) → también irreverente y experimental, con ciencia ficción cargada de humor y crítica social.
Elvio Gandolfo (Argentina) → su obra tiene ese toque de lo cotidiano que de pronto se quiebra con algo extraño, como en algunos cuentos de Cermeño.
Rodolfo Martínez (España, aunque no latinoamericano) → mezcla de géneros, desde lo cyberpunk hasta lo costumbrista.
Edmundo Paz Soldán (Bolivia) → en novelas como Iris combina tecnología, violencia y mitología local, algo que dialoga con el “ovniagropecuario” de Cermeño.
Ramiro Sanchiz (Uruguay) → obsesión por construir universos ficcionales complejos, a veces desde rincones periféricos.
Y si lo miramos más desde el tono folclórico-fantástico:
Gabriel Jiménez Emán (Venezuela) o Andrés Caicedo en su vena más delirante, por esa capacidad de convertir lo oral y lo urbano/rural en narrativa extraña y absorbente.