Buenas noches. Joshua es un bebé de un año nueve meses, que fue diagnosticado con un tumor cerebral. Laura su mamá, nos envía un vídeo donde nos explica todo el caso y apelar a la solidaridad de tantas personas que puedan apoyar en su caso. Actualmente le recetaron un medicamento de alto costo que se les hace imposible comprar. Joshua está siendo tratado en el JM De Los Ríos. Cualquiera apoyo, la familia de Joshua lo agradece infinitamente. GRACIAS 💕🙏🏼
If the Trump administration is fighting socialism and Communism here, why keep the socialists and Communists in power in Venezuela?
Nobel laureate @MariaCorinaYA makes a telling point:
AUXILIO NO TENGO COMIDA🇻🇪🆘.TENGO 2HIJAS 1TIENE AUTISMO SU ALIMENTACIÓN ES COSTOSA MI MADRE 82 AÑOS Y TÍA 81AÑOS YO TENGO 52 YEARS SOMOS 6 PERSONAS SIN INGRESO FIJOS. PAGOMOVIL MERCANTIL 12139124 04269324392 .O POR WESTER UNION . NO TENEMOS ALIMENTOS🙏 . SIN POR DECIR MÁS 😞.
Trump and Rubio have an historic opportunity to make Venezuela great again. It’s a big win for Venezuela, and for the US, to have a free, oil-rich, pro-American ally. No more propping up the socialist regime—it’s time to announce free elections.
@realDonaldTrump@SecRubio
𝐋𝐚 𝐩𝐚𝐥𝐚𝐛𝐫𝐚 𝐪𝐮𝐞 𝐌𝐚𝐫𝐭í𝐧 𝐑𝐨𝐝𝐢𝐥 𝐧𝐨 𝐡𝐚𝐛í𝐚 𝐩𝐨𝐝𝐢𝐝𝐨 𝐩𝐫𝐨𝐧𝐮𝐧𝐜𝐢𝐚𝐫 𝐞𝐧 𝐯𝐞𝐢𝐧𝐭𝐢𝐬𝐢𝐞𝐭𝐞 𝐚ñ𝐨𝐬
Por Elizabeth Sánchez Vegas | Venezuela Late
Hay un ritual que se repite cada domingo a la misma hora, aunque nadie lo haya escrito en ningún calendario: en Caracas alguien baja el volumen del televisor, en Miami alguien se sienta en el borde de la cama con el teléfono entre las manos, en Madrid ya casi es lunes y aun así hay quien se queda despierto, en Bogotá una mujer cocina con el altavoz encendido sobre la mesada.
No es exactamente un programa de radio lo que los convoca: es una manera de seguir perteneciendo a un país que la mayoría de ellos solo puede tocar a través de una pantalla. Esa fue, una vez más, la escena de la noche en que Devorah, Carlota y Elizabeth abrieron el micrófono de Venezuela Late y, del otro lado, esperaba Martín Rodil.
Lo primero que quiso dejar claro, antes de cualquier análisis, fue algo muy simple: que él nunca se fue de Venezuela. Salió físicamente, dijo, porque no tuvo otra opción, pero de corazón se quedó, y por eso dedicó las dos décadas siguientes a algo que ya no podía abandonar del todo.
Rodil lleva veinte años investigando desde Estados Unidos la inteligencia, la seguridad hemisférica y el crimen transnacional, siguiendo el rastro del dinero y del poder a través de fronteras que no suelen dejarse fotografiar. Durante casi todo ese tiempo, sus hallazgos vivieron en informes que muy poca gente leía.
Esta vez fue distinto, y él mismo lo explicó con una honestidad que no necesitaba adornos: dijo que uno de los días más felices de su vida fue aquel en que escuchó al presidente de Estados Unidos pronunciar, en una alocución oficial, la palabra Venezuela junto a la palabra encubrimiento.
Elizabeth lo había presentado, antes de cederle la palabra, con una frase que Rodil terminaría demostrando esa misma noche: que no acomoda sus conclusiones al clima del momento ni analiza para complacer, ni siquiera cuando lo que ve incomoda.
Y lo primero que propuso él, con la disciplina de quien lleva años haciendo cuentas, fue tomar distancia de las emociones del momento para hacer un balance real de lo ganado desde el 3 de enero, el día de la captura de Maduro, hasta hoy, un balance que solo tiene sentido, insistió, si se entiende dentro de un tablero mucho más grande: la caída de Cuba, la confrontación de Estados Unidos con China, la tensión con Irán. Nada de lo que ocurre en Venezuela, dijo, ocurre ya en un compartimento aislado.
Ese día fue el 17 de julio. Donald Trump hizo pública la desclasificación de un memorando de la CIA, fechado el 29 de junio y liberado apenas dos semanas antes por el propio director de la agencia, John Ratcliffe: dieciséis años de inteligencia acumulada sobre la capacidad del chavismo para intervenir sistemas de votación electrónica a través de la empresa Smartmatic y el Consejo Nacional Electoral.
La Casa Blanca lo presentó como evidencia de una amenaza capaz de cruzar fronteras; el propio texto, leído después con más frialdad por analistas independientes y por buena parte de la prensa estadounidense, matiza que esa capacidad nunca llegó a alcanzar las urnas de Estados Unidos. Rodil no ignora esa distinción, la conoce mejor que casi nadie, pero para él la victoria no estaba ahí, en la letra pequeña de un documento técnico, sino en algo más simple y por eso mismo más difícil de rebatir: que por primera vez alguien con el poder de cambiar las cosas dijera en voz alta lo que él llevaba veinte años escribiendo en la sombra.
Lo que le da peso a esa alegría, más allá del gesto simbólico, es la historia institucional que hay detrás, según el relato de Rodil. La propia CIA advirtió desde 2004 sobre el riesgo que representaba Smartmatic bajo control de Hugo Chávez; hacia 2010, ya con Barack Obama en la Casa Blanca, el tono de esos mismos informes empezó a suavizarse, en lo que él llama, tomando prestado el término en inglés, un ejercicio de whitewashing, un lavado de cara institucional.
Cuando Trump, ya en su primer mandato, sospechó en 2020 que algo no cuadraba y le pidió a la agencia evidencia sobre esas capacidades, la respuesta que recibió, sostiene Rodil, fue una negación llana: eso no existe. La historia solo se movió, según cuenta, cuando en 2025 un grupo reducido de funcionarios con las autorizaciones de seguridad más altas que otorga el propio presidente pudo finalmente entrar a los archivos de la CIA y de la oficina del director nacional de inteligencia a buscar lo que durante años se les había negado.
De los cerca de once mil documentos que integran ese archivo, apenas trescientos se hicieron públicos; el resto, según Rodil, no permanece bajo secreto sino bajo el escrutinio de fiscales y organismos policiales que todavía están determinando qué funcionarios estadounidenses lo sabían y hasta dónde llegó su complicidad. Ese es el trabajo que él y otros, dice, llevaban dos décadas empujando desde afuera sin saber si algún día alguien adentro les daría la razón.
De ahí saltó a un tema que, según él, la mayoría de los venezolanos subestima por pura fatiga: Cuba. La isla, dijo, no tiene dinero ni tecnología de punta, pero tiene setenta años de práctica en una sola disciplina, entender cómo piensa Washington, y esa paciencia la convierte en lo que apenas un día antes, en una entrevista con Fox News, el propio secretario de Estado Marco Rubio describió como una superpotencia del espionaje capaz de infiltrar agentes en el sistema estadounidense sin siquiera pagarles. Ese nivel de penetración se documenta, además, en un informe del Departamento de Estado, titulado Cuba: la capital del comunismo del siglo XXI, que el propio Rodil recomendó leer esa noche, en inglés o en español, a quien quisiera entender la magnitud real del problema.
Explicó que no nació con la revolución cubana ni se lo debe a la KGB soviética: el servicio de inteligencia de la isla se formó bajo el ala de la Stasi, la policía secreta de Alemania Oriental, una escuela que se especializó no en satélites ni en tecnología de punta sino en construir redes de contrainteligencia y dobles agentes, lo que en la jerga del oficio se conoce como topos. Sin dinero para competir en armamento o vigilancia electrónica, Cuba apostó todo a esa paciencia humana y setenta años después esa apuesta sigue rindiendo frutos.
Rodil trajo a la conversación el caso de Manuel Rocha, el diplomático de carrera que resultó ser un espía cubano durante más de cuarenta años, y aseguró haber colaborado, junto a su socio Gary Berntsen, en la investigación que ayudó a exponerlo. Lo que sostiene después, que ese mismo tipo de topos cubanos, financiados durante años con el dinero del petroestado venezolano, terminaron anidando también dentro de las agencias que debían vigilar al propio chavismo, es un argumento que él mismo reconoce no poder sostener todavía con documentos públicos, porque, según explica, buena parte de esa evidencia sigue bajo investigación judicial en Estados Unidos.
Los tres elementos, resumió Rodil esa noche, formaban un mismo triunvirato: una facción del chavismo que perfeccionó un sistema electoral y lo exportó, según sus cálculos, a más de treinta países de forma documentada y hasta setenta y dos en total, una agencia de inteligencia estadounidense que decidió mirar hacia otro lado, y una inteligencia cubana que financiaba, con el dinero del petroestado venezolano, su propia capacidad de penetrar Washington.
Toda esa arquitectura de poder, insistía Rodil, solo pudo construirse porque encontró un terreno fértil: una sociedad que, durante veintisiete años, prefirió las explicaciones sencillas a las verdaderas. Antes de señalar la herida, sin embargo, quiso nombrar también la virtud: dijo que pocas sociedades igualan la generosidad del venezolano, su solidaridad, su capacidad de reinventarse en las peores circunstancias con casi ningún recurso. Pero, con la misma honestidad, reconoció la otra cara de esa moneda.
Usó una imagen médica que vale la pena quedarse a mirar de cerca: un cáncer no se cura con una aspirina, y sin embargo, eso fue, en su lectura, lo que Venezuela intentó una y otra vez, con una elección, con una marcha, con una esperanza reciclada cada cierto tiempo por el mismo aparato que se beneficiaba de que nunca funcionara. A ese agotamiento colectivo, a esa costumbre de esperar que alguien más resuelva lo que a uno le corresponde, Rodil le puso un nombre que probablemente le sobreviva a esta entrevista: el síndrome del merecido. Lo que describe, sin usar la palabra técnica, se parece mucho a lo que la psicología llama indefensión aprendida, el mecanismo por el cual una persona, o un país entero, deja de intentar cambiar su situación después de comprobar, una y otra vez, que sus esfuerzos no alteraban nada.
En cualquier sociedad, dijo, existen tres grupos: los que destruyen, los que observan y critican sin mover un dedo, y los que actúan para frenar la destrucción; en Venezuela, durante casi tres décadas, los dos primeros grupos fueron mayoría, mientras que a los del tercero les tocó, en sus palabras, terminar presos, muertos, en el exilio o perseguidos.
La imagen que más se quedó en la sala fue otra: la de Venezuela como una mujer que pasó veintisiete años atrapada en una relación que la fue vaciando por dentro, hasta que un vecino, así llamó, sin rodeos, a Estados Unidos, finalmente se dio cuenta y se metió a rescatarla.
Carlota lo resumió con una frase que ya habían conversado entre ellas meses atrás y que esa noche cobró un peso distinto: tú no le puedes pedir a quien te pega que te cure. Obviamente que no, respondió Rodil, sin dudarlo un segundo.
Y es normal, agregó él mismo, que cueste tanto confiar: después de tanta tortura, Venezuela llega a este momento como un país traumado, con una desconfianza que Devorah resumió en una sola palabra, infinita y que Rodil no contradijo. Al contrario, la explicó con un dato que pocas veces se dice en voz alta: los venezolanos son hoy la diáspora más grande del mundo, más grande incluso que la siria, ocho millones de personas desperdigadas fuera de su propia casa.
Pero esas mismas ocho millones de personas, dijo, desarrollaron afuera conocimientos y capacidades que esa mujer rescatada necesita ahora con desesperación para reconstruirse, y aunque no todas volverán de manera permanente, algunas ya echaron raíces, se casaron, tuvieron hijos en otras tierras, muchas sí lo harán. Y fue ahí, hablando ya no de geopolítica sino de sí mismo, donde se permitió la honestidad más cruda de la noche: dijo que no puede decirle a un venezolano que hoy vive con dos dólares al día, sin luz, que se alegre porque las cosas cambiaron. Lo único que puede decirle es lo otro.
Y ahí conectó, sin proponérselo del todo, con la herida más reciente de todas: la del terremoto que devastó la costa venezolana apenas un mes atrás y dejó miles de muertos. A la gente que hoy sigue bajo los escombros de esa tragedia, dijo, no se le puede pedir que celebre; lo único honesto que se le puede decir es que no van a morir ahí abajo, que la ayuda llegó. Fue la frase de la noche, la que cualquiera hubiera querido subrayar y compartir: no se van a morir bajo los escombros, la ayuda llegó.
No todo, sin embargo, viene de un solo lado de esta historia. Apenas dos días antes de esta conversación, Reuters reveló que Mauricio Claver-Carone, el asesor extraoficial al que la propia agencia llegó a describir como una suerte de virrey de Venezuela por su influencia sobre los contratos petroleros y la reestructuración de la deuda, dejaba de participar en los asuntos venezolanos, en medio de preguntas sobre un contrato de más de ciento cincuenta millones de dólares adjudicado sin licitación pública.
Rodil sostiene que hay, además, una razón judicial detrás de esa salida que todavía no puede detallar; lo que sí puede afirmarse con la información pública disponible es que llegó después de meses de fricciones internas dentro de la propia administración estadounidense por el manejo de los negocios en Caracas. Su reemplazo, según Rodil, llega esta vez desde el Departamento de Energía y no desde el mundo de los negocios petroleros, un cambio de perfil que él lee como una señal más de institucionalización. Para Rodil, ese episodio, lejos de ser una mancha, es la prueba de que el sistema de pesos y contrapesos sigue funcionando incluso cuando lo que está en juego es repartirse los despojos de una tragedia ajena.
Ese mismo pulso silencioso, según Rodil, se repite puertas adentro del propio aparato militar venezolano. El mismo general de la Marina que hoy coordina la ayuda humanitaria tras el terremoto, cuenta Rodil, cumple, en paralelo, funciones bastante más complejas que Washington prefiere mantener fuera de cámara: una purga discreta dentro de las Fuerzas Armadas, con oficiales del cartel de los soles pasando a retiro sin ruido, sin fotografía, sin comunicado, porque el que se mueva mal en esta etapa termina en la misma celda federal de Brooklyn donde hoy espera juicio Nicolás Maduro.
Washington, asegura, ya tiene identificados, con nombre y apellido, a esos generales y prefiere desmontar la estructura pieza por pieza antes que de un solo golpe. El chavismo, explicó, funciona como una ventosa adherida durante años al cuerpo venezolano: arrancarla de un tirón podría provocar una hemorragia capaz de terminar de matar al paciente. Aunque eso implique una lentitud que exaspera a una diáspora acostumbrada a la urgencia, lo mismo ocurre, según él, con la llamada mesa de negociación que retomó Jorge Rodríguez esta semana: no es una negociación en el sentido clásico del término, sostiene, sino un mandato con libreto ya escrito, que Rodríguez y su entorno cumplen no por convicción sino porque la alternativa es terminar exactamente donde está Maduro.
Detrás de esa mesa, además, ya hay resultados que se pueden tocar: General Electric firmó un acuerdo para rehabilitar plantas termoeléctricas venezolanas, con la meta declarada de recuperar cinco mil megavatios en los próximos cuatro años, un proyecto que, según Rodil, se financia en parte con petróleo que antes se iba directo a los bolsillos del chavismo y que ahora queda retenido en una cuenta del Departamento del Tesoro.
Rodil aprovechó, de paso, para desactivar una teoría que circula con fuerza en redes: que Trump se alió con Delcy Rodríguez. No hay tal alianza, insistió; lo que hay es a Delcy haciendo, muy a su pesar, el trabajo de enterrar al chavismo, con métodos que responden únicamente a lo que Washington considera conveniente para sus propios intereses y no a ningún tipo de complicidad.
El chavismo, dijo con una precisión que sonó casi a sentencia judicial, no tiene una fecha de caducidad indefinida: la fecha ya se conoce, es julio del año que viene. Lo que pidió no perder de vista es que remover un cáncer de ese tamaño sin que el paciente muera en el intento es una cirugía de altísima delicadeza, con el objetivo declarado de lograrlo sin desplegar una cantidad significativa de tropa estadounidense. No le podemos pedir a Washington, dijo con sorna, que mande trescientos mil soldados y se gaste dos mil millones de dólares para apurar el proceso: lo van a hacer a su manera y a sus tiempos.
Y sabe, además, por qué tanta gente desconfía incluso de esa calma: durante años, el chavismo perfeccionó un mecanismo casi clínico de destrucción psicológica, alimentando una y otra vez la ilusión de un cambio que llegaría por la vía electoral, sabiendo de antemano que esa elección estaba arreglada de principio a fin, un psiquiatra diabólico, lo llamó, con Jorge Rodríguez y los cubanos al mando del diván. Por eso quiso ser explícito con algo que, dijo, sabe con certeza: esta vez no va a pasar lo de siempre, ni hoy ni mañana ni en mil años. Diosdado Cabello, aseguró, ya conoce la fecha exacta en la que tiene que irse, y el trabajo puntual que debe cerrar antes de esa fecha si no quiere terminar en el mismo avión y en la misma celda, que Nicolás Maduro.
A ese balance, además, hay que sumarle lo que ya se ganó en apenas siete meses: hoy se habla abiertamente de depurar el registro electoral, construir un sistema de votación nuevo y cedular de nuevo a un país donde, después de años de fraude documental, ni siquiera se sabe con certeza quién es venezolano y quién no. Es, dijo, todo un proceso de reinstitucionalización que no se puede apurar más de la cuenta.
El argumento más ambicioso de la noche llegó cuando Rodil dejó Washington y se fue a mirar más lejos, hacia una competencia que muy pocos venezolanos conectan todavía con su propio país: la carrera por la inteligencia artificial. Sostiene que Estados Unidos necesita, además de microchips, una cantidad de energía que hoy no tiene instalada para sostener sus centros de datos en los próximos años, y que Venezuela, con las mayores reservas de petróleo y gas del planeta, es, en ese cálculo frío de Washington, el activo que faltaba.
Ahí, dice, está la verdadera lectura detrás de la broma repetida de que Trump quiere que Venezuela sea el estado cincuenta y uno: no se trata de una anexión, sino de un cortejo, del deseo de asegurarse un suministrador energético estable y aliado. Si esa apuesta se cumple, la industria petrolera venezolana podría recuperar en cinco años una escala que ni los fundadores de PDVSA, cuando la convirtieron en la segunda petrolera estatal más grande del mundo después de Saudi Aramco, se atrevieron a soñar del todo.
Alrededor de esa apuesta, además, Venezuela ya no está sola: Rodil recordó que Perú acaba de estrenar a Keiko Fujimori como presidenta y que Colombia se prepara para recibir a Abelardo de la Espriella, dos gobiernos que, a diferencia de los aliados que Hugo Chávez sembró por el continente en su momento, llegan hablando de reconstrucción y no de reparto.
Con Colombia, el argumento de Rodil fue casi doméstico: durante años, buena parte del motor económico colombiano dependió del consumo venezolano. Una Venezuela rica, sostiene, no es una amenaza para Colombia: es su mejor cliente de vuelta.
Con Argentina, Rodil habló desde la gratitud personal por lo que ese país hizo por los venezolanos que llegaron con una mano adelante y otra atrás durante los años más duros del éxodo.
Cuando se abrió el turno de preguntas, la primera fue, quizás, la más incómoda de la noche: cómo evitar que las redes de inteligencia cubana, rusa e iraní instaladas dentro de Venezuela sobrevivan a la caída del chavismo y terminen saboteando la transición desde adentro. Rodil no suavizó la respuesta. Dijo que Cuba, ya asediada por Washington y forzada hacia su propia transformación, va a exportar a esos mismos agentes hacia otros países de la región o hacia Europa en cuanto pierda pie en la isla, y que el verdadero riesgo residual no es el chavismo como ideología, eso, según él, ya es cadáver, sino el más de un billón de dólares que ese aparato logró sacar del país y que sigue, hoy, en manos de quienes lo robaron.
Sin un plan judicial serio para rastrear y recuperar ese dinero, advirtió, esos mismos actores conservan los recursos para reagruparse y comprar de nuevo la desestabilización que ya una vez pagaron; por eso insiste en que la reconstrucción de Venezuela no puede depender solamente de nueva infraestructura o de nuevas elecciones, sino de un poder judicial capaz de perseguir ese patrimonio robado con la misma obsesión con la que el chavismo tardó veintisiete años en acumularlo. Pidió que fuéramos implacables, la palabra, según dijo, en mayúsculas sostenidas.
La sala dejó entonces el análisis y se convirtió, por unos minutos, en otra cosa. Una oyente cubana, Heidy, subió al escenario no para preguntar sino para agradecer, y habló de cómo cubanos y venezolanos llevan tanto tiempo atrapados en una montaña rusa de desinformación y desesperanza que ya casi no saben sostener una victoria pequeña sin sospechar de ella; Rodil respondió que la causa de los cubanos es también la de los venezolanos. Después llegó José, con la voz quebrada, para decirle que él no le había puesto un granito de arena a esto, sino un granote de arroz, porque lo sembrado, según le dijo, iba a germinar.
Rodil le respondió con algo que sonó menos a discurso político y más a un límite personal, trazado después de haber visto de cerca lo que ha visto: que a él, en lo que le queda de vida, no le interesa volver a ver a un militar ocupando un cargo público en Venezuela, y que si por él fuera, se desmantelaría por completo eso que hoy se llama Fuerzas Armadas venezolanas, porque en su balance de veintisiete años esa institución no le dejó al país nada más que la fábrica más grande de parásitos que ha conocido su historia reciente.
Lo dijo con la misma imagen doméstica que había usado antes, la de una casa invadida y llena de basura: por ahora, explicó, a los propios ocupantes de esa casa les toca sacar la basura, y todavía no es momento de traer a nadie con cortinas nuevas, porque la vivienda ni siquiera está habitable. Lo que sí le corresponde exigir a la sociedad venezolana, insistió, es que cuando termine esa limpieza, el país que quede sea uno gobernado por civiles, donde el bien común esté por encima de cualquier bandera, incluidas las falsas banderas de justicia social que el propio chavismo usó durante casi tres décadas para disfrazar el saqueo.
Al final, Devorah le hizo tres preguntas cortas, casi un juego, que terminaron siendo el verdadero centro de la noche. ¿Confías en la estrategia de Estados Unidos hacia Venezuela? Sí, pero somos vigilantes. ¿Confías en María Corina Machado? De aquí a Júpiter y me devuelvo. ¿Confías en los venezolanos? De aquí hasta el infinito y me devuelvo.
Y entonces, sin que nadie se lo pidiera, Rodil dijo lo que probablemente había estado cargando toda la conversación sin nombrarlo del todo: que después de veintisiete años fuera, tiene, palabras suyas, el corazón hinchado de alegría de poder volver a su tierra. Lo dijo sin el tono de quien analiza desde una distancia profesional, con la misma voz de cualquiera de las personas que esa noche, en Caracas, en Miami, en Madrid, en Bogotá, tenían el teléfono pegado a la oreja esperando escuchar exactamente eso.
Veinte años de trabajo, al final, cupieron en una palabra: volver.
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📻🎧 Los invitamos a escuchar la extraordinaria conversación que tuvimos con Martín Rodil en @VLate2025, investigador venezolano radicado en Estados Unidos, con más de veinte años dedicado al estudio de la inteligencia, la seguridad hemisférica y las redes criminales transnacionales. Hubo análisis, revelaciones y, sobre todo, una mirada nueva y profundamente esperanzadora sobre lo que comienza a moverse para Venezuela en medio de tanta incertidumbre. Visite nuestro canal de YouTube, suscríbase y active la campanita🔔https://t.co/AtCuX4FKJE
Suplico ayuda sigo sin anticonvulsivo es diario d por vida aunado decapeptyl para evitar un desarrollo precoz ,ya q por tantas infecciones y operaciones en mi cabecita tengo un descontrol hormonal q solo ese tratamiento lo detiene es d alto costo 450$
🇻🇪 🚨 URGENTE | 10 PM: Reportan represión contra manifestantes que protestaban por los cortes eléctricos en La Florida, Valencia, estado Carabobo.
A las 9:58 p. m. de este 3 de agosto, se reporta la presencia de funcionarios de la Policía del estado Carabobo reprimiendo a ciudadanos que salieron a manifestar en el sector La Florida, en Valencia, por los prolongados cortes de electricidad que afectan a la zona. La protesta ocurre en medio del creciente descontento por las fallas del servicio eléctrico en distintas comunidades del estado.
🚨 | Lo que hoy revela Axios:
- Frustración en EEUU con la lentitud con que petroleros están invirtiendo en Venezuela.
- División dentro de la administración: funcionarios del Departamento de Estado y sectores MAGA del Gobiernos acusan al Departamento de Energía de solo querer favorecer a las grandes petroleras, dejando por fuera a los pequeños inversionistas que están dispuestos a asumir más riesgos.
- Hay preocupaciones de a quien le están dando los contratos en Venezuela. Hablan de “compañías recién formadas, con potenciales vínculos a China y corruptos de Caracas”.
#AHORA | Entrevista de uno de los conservadores más influyentes de EEUU, @DineshDSouza, con @MariaCorinaYA.
En este momento en vivo. https://t.co/xHlQMPYVCO
¡Es el régimen de la maldad!
“Vimos la cara más oscura: la irresponsabilidad, la corrupción, la indolencia y la ausencia de humanidad y compasión. Porque no es solo lo que no hicieron, sino el haber intentado e impedido que otros ayudaran”
🇻🇪 @MariaCorinaYA en entrevista con @LuisOlavarrieta
María Corina Machado @MariaCorinaYA is the leader that Venezuela 🇻🇪 needs for the future.
Venezuelans are not the only ones who need her. All allies of Venezuela and the entire West need her. Our civilization demands that the will of the Venezuelan people be respected. -@hermanntertsch
URGENTE 🇻🇪 🇺🇸 | ¡ÚLTIMA HORA!🚨| POLÍTICO sobre el rechazo al chavismo:
"La pésima gestión del desastre ha hundido la popularidad de Rodríguez.
Aproximadamente el 90 por ciento de la población la rechaza.
"Desde el punto de vista electoral, eso es irreversible".
Esta semana expliqué por qué la reciente medida del Departamento del Tesoro de Estados Unidos puede convertirse en un punto de inflexión para la reconstrucción económica de Venezuela.
Si quieren profundizar en este tema, los invito a leer mi artículo publicado hoy en @WSJ https://t.co/ePYMJMnHm6