Hoy nace el mito más difícil de abarcar. Los historiadores del futuro tendrán la dura tarea de explicar que hubo un tipo que supo arrastrar a medio millón de personas por las rutas argentinas, sólo conmovidos por la poesía más exquisita.
Pato Fontanet escribió en Señales, soy un muerto encerrado en un cuerpo vivo, soy un vivo que hace tiempo se murió.
Entró y salió varias veces de Cromañón a sacar gente, pero hubo una gran parte de él que se quedó ahí. Su juventud, su sonrisa y el amor de su vida.
En 2005 ya no tenía fuerzas para cantar. Su madre le dijo que lo haga por aquellos que ya no están, pero que hubieran querido que el mensaje siga. Y siguió, con toda la carga y el peso de sentirse responsable, de ser apuntado injustamente como la cara de la culpa de todo un sistema corrupto donde los verdaderos culpables jamás pagaron ni pagarán.
Años de cárcel, intentos de suicidio, perseguido y medicado. Aún así no claudicó. Y en la gente y su abrazo curó su lamento.
Es que cuando la canción canta verdades, ni la censura ni el rencor la han de callar.