📢🏛️ ¡El lujo de Hispania vuelve a cobrar vida!
La Villa Romana de Noheda (Villar de Domingo García, Cuenca) acaba de abrir al público su espectacular balneum tras una gran intervención de restauración y musealización: casi 900 m² de termas privadas ahora visitables 🧵👇
Villa Romana de TIERMES (SORIA)-ESPAÑA: La ciudad olvidada excavada en la roca. Una obra maestra de la ingeniería romana.
Tiermes es conocida como la "Pompeya española" o la "Petra de Castilla", por su extraordinaria arquitectura rupestre.
Documental y Fotografía: Conrado Angel
La cocina de casa tiene un aroma distinto cuando uno decide rescatar esos clásicos que parecen destinados solo a las pizarras de los bares. Ahora mismo, mientras preparo estas gambas, no puedo evitar pensar que la gamba a la gabardina es el ejemplo perfecto de cómo la ingeniería popular elevó un ingrediente sencillo a la categoría de icono. Se llaman así, simplemente, porque la masa las "abriga". Es un disfraz gastronómico que oculta el cuerpo del marisco bajo un abrigo dorado y crujiente, dejando únicamente la cola a la vista, como un asidero natural para que podamos disfrutar del bocado sin necesidad de cubiertos.
Este plato es hijo de la picaresca y de la necesidad de los años cincuenta en España. En aquel Madrid de posguerra, los taberneros de la zona de Sol y la calle Victoria perfeccionaron la técnica de la masa Orly para que las raciones cundieran más. Una gamba de tamaño medio, vestida con su "gabardina", se convertía en un aperitivo contundente que saciaba el hambre y acompañaba de maravilla a la caña de cerveza. En las cartas más elegantes de la época se las bautizó como "gambas en gabán", pero el pueblo, que es sabio, prefirió el nombre de la prenda de lluvia que todos conocían.
Para hacerlas aquí, en mi encimera, el proceso empieza por el respeto al producto. El primer paso es pelar las gambas manteniendo la cola y retirar el intestino con la punta de un palillo; no es solo estética, es evitar que un resto de arena arruine la experiencia. Una vez limpias, aplico un detalle que para mí separa al aficionado del cocinero: las gambas deben estar completamente secas. Pero aquí es donde entra mi toque personal: una vez secas, me gusta pasarlas primero por harina antes de sumergirlas en la masa Orly. He comprobado que así quedan mucho más tersas y la masa "agarra" mejor, logrando un abrigo uniforme que no se despega al morder.
Para la mezcla, la sencillez es la clave. En un bol mezclo harina de trigo, una pizca de sal y un toque de azafrán para conseguir ese tono de "oro viejo". El secreto del éxito es el líquido: utilizo cerveza muy fría. El gas y el alcohol, sumados al choque térmico, harán que la masa se infle al instante. Hay que batir lo justo, buscando la consistencia de una crema densa, y dejarla reposar en la nevera para que esté gélida antes de ir al fuego. Ah, y yo le pongo un poco de ajo picado y perejil fresco.
Lo curioso es que, aunque las sentimos muy nuestras, esta idea de rebozar el marisco es un lenguaje universal. Los franceses tienen sus Beignets, los japoneses su Tempura y en el Caribe verás los camarones al coco. Sin embargo, nuestra gabardina tiene esa personalidad castiza: es robusta, dorada y tiene ese inconfundible sabor a cereal frito que evoca las mejores freidurías del sur.
Mientras las saco ahora mismo al papel de cocina y veo que están tiesas, doradas y que no sueltan grasa, sé que lo he logrado. Es un acto de cariño por lo auténtico; un bocado que nos recuerda que, a veces, para disfrutar de lo mejor del mar, solo hace falta un buen abrigo.
#sedcuriosos
Se llama @PilarAlmagroM y hacía tiempo que no escuchaba a alguien hablar así de bien, con esta claridad y además, con un contenido bien interesante (que personalmente comparto totalmente)!